Cartas de padre a hijo

Carta del Imam Alí ibn Abu Táleb (a.s.) a su hijo Al-Hasan (a.s.)
Carta de Imam Jomeiní (q.s.) a su hijo Ahmad (r.a.)


Carta que el Emir de los Creyentes, Ali Ibn Abu Talib escribe a su hijo al Hasán (que la paz sea con ambos) en Hadirin, al regreso de la batalla de Siffin.

Esta es la carta de un padre decrépito, consciente de la inestabilidad de la fortuna, que vuelve su espalda a la vida, resignado ante las vicisitudes de la suerte; que desprecia este bajo mundo; que habita las moradas de los muertos y pronto será llamado a dejar esta tierra, para un hijo que espera lo que no obtendrá, en el camino de aquellos que han perecido, blanco de las enfermedades, rehén de los acontecimientos, presa de las desgracias, esclavo de la vía terrenal. Comerciante que concluye un trato de víctima, juguete de la fatalidad, prisionero de la muerte, compañero inseparable de las penas y las preocupaciones, punto de mira de las calamidades, víctima de los apetitos, heredero de los muertos.
La certeza de que la vida inmediata se aleja de mí, de que la suerte se ceba sobre mi persona y que la vida futura viene a mi encuentro, podría apartarme de pensar en otro y de interesarme por lo que sucederá tras de mí. No obstante, no estando preocupado sino de mí mismo (a exclusión de los demás), mi razón me ha indicado la verdad y me ha apartado de mis pasiones; y mi situación se me ha aparecido con toda su claridad, lo que me ha conducido a ser de una seriedad exenta de toda frivolidad y de una sinceridad alejada de toda mentira.
He encontrado que eras una parte de mi ser, e incluso todo mi ser. Tanto así, que lo que pudiese alcanzarte me alcanzaría también y que, si la muerte te golpease, me golpearía con el mismo golpe.
Como lo que te concierne me concierne igualmente, te escribo esta carta para que ella te proteja durante mi vida y después de mi muerte.
Hijo mío, te recomiendo que temas a Dios, que respetes escrupulosamente Sus órdenes, que tengas el corazón lleno de Su pensamiento, y que te refugies en Su alianza.
¿Cómo podrías aferrarte a un lazo más sólido que el que te une a Dios?
Vivifica tu corazón con los discursos, mortifícalo con la abstinencia; ilumínalo con la sabiduría; hazlo humilde con el pensamiento de la muerte; hazle reconocer la precariedad de la existencia; enséñale a ver las calamidades de la vida; ponlo en guardia contra los ataques de la fatalidad y los cambios detestables de la suerte.
Cuéntale los relatos de los antiguos, recuérdale las desgracias que golpearon a aquellos que te han precedido, paséate por sus moradas y sobre los vestigios de su historia, medita sobre lo que han hecho, sobre lo que han dejado, y sobre el lugar donde han bajado. Encontrarás que han dejado a sus amigos y han vuelto a la mansión del exilio. Pronto, tú serás, por así decir, como uno de ellos. Prepárate un refugio feliz, y no vendas tu vida futura por tu vida inmediata. No hables de lo que no conoces, y no hagas discursos sobre aquello de lo que no se te ha encargado. Si temes que un camino te extravíe, no andes por él, puesto que si hay peligro de perderse, más vale abstenerse que explorar caminos peligrosos. Ordena el bien y serás un hombre de bien. Reprueba el mal con tus actos y con tus palabras, y esfuérzate en apartarte de quien hace el mal.
Combate por Dios como se debe, sin incurrir en ningún reproche en Su servicio. Únete a la lucha por la justicia, dondequiera que sea; ten un conocimiento profundo de la religión; acostúmbrate a soportar las contrariedades, puesto que el tener aguante por una buena causa es una excelente cualidad. En toda cosa, busca el refugio en tu Dios, encontrarás un refugio bien guardado y un poderoso protector. No pidas sino a tu Señor, porque es a El a quien pertenece el dar o el negar. Ruega a menudo a Dios para implorar sus dones; esfuérzate en comprender bien mis consejos y no te desvíes, porque las mejores palabras son aquellas que son útiles. Que sepas que no hay ningún bien en un conocimiento sin provecho, y que no se saca ningún provecho de un conocimiento cuya adquisición no es necesaria.
¡Sí, hijo mío! Viendo que he alcanzado una cierta edad, y que me debilito más y más, me apresuro a dirigirte estos consejos para enseñarte la verdad, por miedo a que llegue mi hora antes que te haya podido confiar lo que tengo que decirte, o que mi razón decline como mi cuerpo. Yo temo también que, adelantándose a mis recomendaciones, las pasiones o las seducciones de la vida se apoderen de ti y te vuelvan sombrío y huraño.
En efecto, el corazón de un hombre joven es parecido a una tierra virgen que engulle todo lo que se le arroja. Me apresuro a educarte antes de que tu corazón se endurezca y que tu espíritu sea absorbido, a fin de que tu inteligencia considere atentamente las verdades que la experiencia de otros te libra de descubrir y de comprobar. De este modo, te ahorrarás la molestia de buscar, y evitarás los inconvenientes de la experiencia. De esta forma, lo que nosotros fuimos obligados a buscar, vendrá a ti espontáneamente, y lo que podía parecernos oscuro, te aparecerá a ti evidente.
¡Sí, hijo mío! Aunque yo no haya vivido como los antiguos, he reflexionado sobre sus actos, he meditado su historia y andado sobre sus huellas, tanto que me he vuelto como uno de entre ellos. Aún más, gracias a mi conocimiento de su pasado, es como si yo mismo hubiese vivido desde la época del primero de entre ellos hasta la del último. Reconozco (distingo) lo límpido de lo turbio, lo útil de lo nocivo. He extraído para ti la quintaesencia de toda ciencia, he escogido los aspectos más bellos, y he apartado de ti todo lo que es indigno. Interesándome por ti en todo lo que interesa a un padre afectuoso, y muy particularmente en tu educación, yo deseo que ésta se haga mientras tú aún tienes la vida delante de ti, que tu destino no hace sino comenzar, que tus intenciones son sanas, y que tu alma es pura. He pensado primeramente en enseñarte y explicarte el Libro de Dios, las reglas y las leyes del Islam, lo que es lícito y lo que es prohibido, sin ir más allá. Pero enseguida he temido que caigas en la misma confusión que aquellos que han seguido sus pasiones y sus opiniones personales. Entonces, a pesar de mi repugnancia de atraer tu atención sobre estas cuestiones, prefiero exponértelas exhaustivamente antes que dejarte a ir a tu perdición. Es por lo que, con la esperanza que Dios te indicará la buena dirección y te guiará por el camino recto, que yo te dirijo estas recomendaciones.

Has de saber, hijo mío, que la mejor forma de seguir mis consejos es la de temer a Dios, de atenerte a Sus prescripciones, y seguir el ejemplo de tus primeros padres y de los amigos de Dios de entre tu familia. En efecto, ellos no han dejado de examinar su situación como tú examinas la tuya, y de reflexionar como tú reflexionas. Eso les ha conducido a seguir aquello que ellos conocían y abstenerse de lo que les estaba prescrito. Si tu espíritu se niega a admitir estas conclusiones antes de haber aprendido lo que ellos sabían, que tu búsqueda se funde en el estudio y la inteligencia, no en la perpetración de faltas graves o en la exageración de las querellas. Antes de examinar este punto, comienza por implorar la ayuda de Dios, desear Su asistencia y abandonar toda impureza que podría hundirte en la duda o el extravío. Cuando estés seguro de que tu corazón es puro y humilde, que tu razón está completa e intacta, que no tienes en este campo sino una sola preocupación, entonces reflexiona sobre lo que yo te explico. Pero si tu alma y tu espíritu no son tan disponibles como tú quisieras, entonces sabe que obras a ciegas y te precipitas en las tinieblas.
¡Ahora bien, aquel que se interesa por su religión no se conforma ni con la oscuridad ni con la confusión! Estas son condiciones que vale más evitar.
Esfuérzate, hijo mío, en comprender bien mis recomendaciones, y sabe que el Dueño de la muerte es el Dueño de la vida; es Aquel que crea quien hace morir; es Aquel que aniquila quien hace revivir; es Aquel que impone las pruebas el que preserva de ellas. La vida no sabría tener otros fundamentos que aquellos que Dios le ha concedido: favor divino, pruebas, sanciones en el otro mundo, y otros elementos que Su Voluntad ha decretado y que nosotros no conocemos.
Si algún punto te parece difícil de comprender, ponlo sobre la cuenta de tu ignorancia. Tú has sido primeramente creado ignorante, a continuación se te ha instruido.
¡Cuántas cosas existen que tú ignoras, ante las cuales tu espíritu permanece perplejo y tu razón se extravía, pero que más adelante acabas por comprender!
Ponte bajo la protección de Aquel que te ha creado, que te ha dado de qué vivir y que te ha formado de manera tan perfecta. Es a Él a quien debes adorar, a Él a quien debes aspirar y a Él a quien debes temer.
Sabe, hijo mío, que nadie ha hablado de Dios tan claramente como el Profeta Muhammad (que Dios lo bendiga, así como a su familia). Acéptalo como iluminador y como guía hacia la salvación. No desdeño darte ningún buen consejo, puesto que aunque te esfuerces, no llegarás a preocuparte de tu propia persona más de lo que yo mismo me preocupo por ti.
Sabe, hijo mío, que si tu Señor tuviese un asociado, éste hubiese enviado mensajeros, se verían las señales de su realeza y de su poder y se reconocerían sus actos y sus atributos. Pero es un Dios Único, como Él se describe a Sí mismo, sin tener oponente alguno en Su reino, Eterno en el pasado y en el futuro; anterior a la creación, Él no ha tenido comienzo; posterior a la creación, Él no tendrá fin. Él es demasiado grande para que Su soberanía pueda ser abrazada o demostrada por la inteligencia o por la vista.
Cuando hayas reconocido estas verdades, actúa como conviene a tus semejantes, en la pequeñez de sus pensamientos, la insignificancia de su poder, la enormidad de su incapacidad y la inmensidad de la necesidad que ellos tienen de Su Señor. Busca obedecerle a Él, teme Su castigo y ten aprensión de Su cólera, porque Él no ha ordenado sino aquello que es bello, y no ha prohibido sino aquello que es feo.
Hijo mío, te indico las características de la vida inmediata, su aspecto efímero e inestable, y te explico lo que es la vida futura y lo que espera a sus huéspedes. Sujeto de la una y de la otra, te propongo parábolas para que las medites y las apliques.
Aquel que conoce bien la vida es como un pueblo de viajeros que, huyendo de una tierra árida se dirige hacia un país fértil, de campiñas ricas en pastos. Soporta las fatigas del recorrido, la separación de los amigos, la incomodidad del desplazamiento y la grosería de la comida, para alcanzar un hogar espacioso y una estancia estable.
En esta perspectiva, nada le parece demasiado penoso, y no lamenta ningún pasto. Nada le es más agradable que aquello que le acerca a la llegada y reduce la distancia que le separa de su meta.
Aquel que, por el contrario se deja seducir por este bajo mundo, es semejante a un pueblo que, después de haber vivido en un país fértil, se encamina hacia una región estéril. Nada le es más odioso o más deplorable que el abandonar aquello que poseía, para precipitarse hacia un porvenir incierto.

Hijo mío, en tu realación con otro, tómate a ti mismo por criterio: desea para tus semejantes lo que deseas para ti y evítales lo que tú querrías evitarte.
Igual que a ti no te gustaría ser burlado, no burles a otros; actúa con ellos tan bien como te gustaría que actuasen contigo; desaprueba de tu parte lo que desapruebas de la suya, y admite para ellos lo que admites para ti. No hables de lo que no sabes aunque sepas un poco, no digas lo que no te gustaría que se te dijese.

Sabe que la vanidad es contraria a la sabiduría y que es la plaga de la inteligencia. Sé valiente en tu trabajo, y no seas el tesorero de otro. Si encuentras el buen camino, muéstrate tan humilde como puedas para con tu Señor.

Sabe que tienes delante de ti un largo trayecto, atestado de dificultades. Es indispensable que reconozcas bien el recorrido, guardando a la vez una cierta libertad de movimientos. No te sobrecargues, pues la pesadez de tu fardo te traería perjuicio. Si encuentras necesitados para llevarles sus provisiones hasta el día de la resurrección, y para devolvérselas mañana, allí donde tengas necesidad, no dejes de cargarlos y provéelos abundantemente mientras puedas, porque puede suceder que busques y no encuentres. Aprovéchate de aquel que te pide prestado cuando estás en la abundancia para devolvértelo el día que estés necesitado.

Sabe que tienes ante ti una cuesta muy pendiente, sobre la cual se está tanto más cómodo cuanto menos cargado , y donde cuando más deprisa se vaya menos se sufre y que tú no descenderás por ella sino hacia el Paraíso o el Infierno. Estudia bien el terreno antes de descender y prepara tu morada antes de ocuparla, porque tras la muerte no existe ni perdón ni posibilidad de volver a este mundo.

Sabe que Aquel que tiene entre Sus manos los tesoros de los cielos y de la tierra te ha permitido que Le ruegues y te ha garantizado una respuesta. Te ha ordenado que Le pidas para que Él te dé y que Le implores Su piedad para que Él te de de Su misericordia. No ha designado a nadie para que se interponga entre Él y tú y no te ha puesto en la obligación de recurrir a Él por medio de un intercesor.

Si has actuado mal, Él no te impide el arrepentirte y no te castiga prematuramente. Él no te humilla cuando lo mereces, no es demasiado exigente para aceptar tu penitencia, no te vitupera por tus pecados y no te deja desesperar de Su compasión. Al contrario, cuando tú te apartas de una mala acción, Él te lo valora como una buena obra. Él cuenta cada una de tus faltas graves como una falta sola, pero multiplica por diez cada una de tus buenas obras. Te ha abierto la puerta del arrepentimiento y la del conocimiento profundo.
Si tú Lo llamas en secreto, Él capta tus palabras; tú puedes entonces confiarle tus necesidades, entregarle tus sentimientos, quejarte de tus preocupaciones, pedirle que ponga fin a tu penar, solicitar Su ayuda para encontrar salida a tus problemas e implorar de los tesoros de Su misericordia aquello que ningún otro puede conceder: la prolongación de la vida, la salud física y la abundancia de bienes.
Él ha puesto en tus manos las llaves de Sus tesoros, al permitirte poder pedirle. Tú puedes abrir a voluntad las puertas de Su favor mediante la oración y hacer caer las cataratas de Su bondad. Que la lentitud de Su respuesta no te desanime, pues la dadiva guarda relación con la firmeza de la intención. Sucede que la respuesta es retardada para que el mérito del demandante sea mayor y para que aquel que espera reciba más.
A veces sucede que se le solicite un favor sin obtenerlo, pero que se obtenga tarde o temprano alguna cosa mejor. Sucede también que lo que se pide sea negado, para bien del interés del solicitador. ¡Cuántas cosas pediríais vosotros que, si os fuesen concedidas, os harían perder vuestras almas! Pide, pues, aquello que te procurará ventajas duraderas, y que no estará acompañado de inconveniente alguno. Pues los bienes de este mundo no son eternos y aquellos que los poseen tampoco lo son.
Sabe que has sido creado para el otro mundo y no para éste, para ser aniquilado y no para ser conservado, para la muerte y no para la vida; que tu estancia sobre la tierra es pasajera; que no dispones sino de lo estrictamente necesario; que estás en ruta hacia el otro mundo; que eres perseguido por la muerte, de la cual nadie escapa, que nunca falla su blanco y que lo alcanza infaliblemente. Guárdate de perecer mientras estás en estado de grave culpa y contando con arrepentirte más tarde, pues la muerte te impediría la remisión y perderías tu alma.

Hijo mío, piensa a menudo en la muerte, a lo que te espera tras ella, y al destino que te está reservado. De esta manera, cuando venga tu hora, habrás hecho tus preparativos y no serás sorprendido desprovisto.

No te dejes extraviar por el ejemplo de aquellos que idolatran la vida inmediata y se consagran a ella con un furor animal.

Dios te ha informado sobre este bajo mundo; él mismo te deja entrever su fin y te descubre sus taras. Sus adeptos no son sino perros aulladores, bestias feroces que se despedazan las unas a las otras, los más poderosos devorando a los más débiles, los más grandes maltratando a los más pequeños. Son semejantes a cabezas de ganado de las cuales algunas están trabadas, mientras que otras, habiendo perdido sus ataduras, abandonadas, vagabundean al azar. Tropeles calamitosos en un valle escarpado! No tienen ni pastor para conducirlas, ni dueño para marcarlas; la vida les conduce por el camino de la ceguera y desvía sus miradas del faro del buen camino; erran en su perplejidad, se ahogan en su opulencia y la toman por divinidad; ella juega con ellos y ellos juegan con ella, olvidándose de lo que debe venir después.

Pero poco a poco el día sucede a las tinieblas, ¡como una caravana llegando a su etapa! Aquel que se apresura está presto a reunirse con ella.

Sabe, hijo mío, que quien tiene por montura el día y la noche es llevado, aunque esté parado, y que recorre una distancia, incluso si permanece tranquilamente en una morada fija.

Sabe con certeza que no obtendrás lo que esperas, que no irás más allá de tu término, y que estás sobre el camino de aquellos que te han precedido. Reduce tus exigencias y gana tu vida honestamente.
En efecto, a fuerza de perseguir los deseos, frecuentemente se va a la perdición; aquel que pide, no siempre obtiene y aquel que se conduce con rectitud no es frustrado siempre.
Preserva tu alma de toda mancha, incluso si ella te lleva hacia las tentaciones, pues, si cedieses la menor parcela, nada sabría reemplazarla.
No seas el esclavo de otro, en tanto que Dios te ha creado libre. ¿Qué satisfacción se puede obtener de un bien que no se obtiene sino haciendo el mal o de una comodidad a la cual no se llega sino a fuerza de vivir en la molestia?
No te dejes llevar por las monturas de la codicia hacia la aguada de la perdición. Si puedes, haz de forma que no haya entre Dios y tú ningún bienhechor, pues de todas maneras obtendrás tu parte y dispondrás tu lote. Un don ínfimo de Dios (Gloria a Él) es más importante y más noble que abundantes presentes venidos de Sus criaturas, aunque todo proviene de Él.

Es más fácil reparar un momento de silencio que atrapar una palabra que se os ha escapado. Para guardar lo que se tiene en la bolsa, se aprietan los cordones. Prefiero mejor que conserves lo que tienes en la mano, antes que pedir lo que está en las manos de otros. La amargura de la desaparición es preferible a la humillación de mendigar. El ejercicio de un oficio, acompañado de la castidad, vale más que la riqueza asociada al libertinaje.
Cada hombre guarda sus propios secretos mejor que los demás. ¡Cuántas gentes trabajan para su propio detrimento ! El que habla demasiado desatina y el que reflexiona ve claro.
Frecuenta las gentes de bien y serás uno de ellos; huye de las malas gentes y te distinguirás. ¡Qué detestable es la comida ilícita! La injusticia para con el débil es la más innoble de las injusticias. Si la bondad es una tontería, la tontería es bondad. A veces pasa que el remedio sea un mal y que el mal sea un remedio. Un buen consejo puede venirnos de una persona que no nos quiere bien, mientras que aquél de quien se espera un aviso amistoso puede abusar de nosotros.
Guárdate de tomar tus deseos por realidades; esto sería obrar como un necio. La razón consiste en retener las experiencias, y las mejores experiencias son aquellas que te dan lecciones.
Apresúrate a atrapar la ocasión antes que ella ceda el lugar al disgusto. Todo buscador no encuentra, y todo ausente no vuelve. Es un mal el que uno pierda su viático y el degradar el lugar a donde uno debe volver. Todo asunto tiene consecuencias.
Lo que te está reservado por el destino, te llegará.
El comercio consiste en correr riesgos. A menudo una pequeña cantidad crece mejor que una grande. No se debe esperar ningún bien de un ayudante despreciado o de un amigo dudoso.
Sé conciliador con la suerte en tanto que te sea propicia. No arriesgues nada con la esperanza de ganar más.
No seas un disputador rápido en tomar los muertos por los dientes. Cuando tu hermano rompe los lazos que le unen a ti, acércate a él y atráelo con buenas acciones; cuando él te huye, busca su compañía; cuando es culpable, perdónalo; haz como si tú fueses su esclavo y él tu bienhechor.
Pero guárdate de adoptar una tal conducta fuera de lugar, es decir, con gentes que no son dignas.

No tomes por amigo el enemigo de tu amigo, pues te disgustarás con tu amigo. Sé sincero en tus consejos a tu hermano, sean buenos o malos.
Trágate tus cólera, pues no conozco brebaje alguno de efectos más dulces o de consecuencias más felices que una cólera contenida. Sé suave con aquel que te trata mal y él estará próximo a hacer lo mismo contigo.
Trata a tu enemigo con magnanimidad, es la más suave de las dos formas de vencer.
Antes de romper con tu hermano, déjale un recuerdo de ti mismo hacia el cual pueda volverse si un día lo desea.
Si alguien tiene una buena opinión sobre ti, haz de forma que esta opinión sea justificada. No atentes contra los derechos de tu hermano bajo pretexto de los lazos que existen entre vosotros dos, porque aquel a quien tú privas de su derecho no es tu hermano. No hagas más desgraciados a los tuyos que a los demás.
No corras tras aquel que no se aviene a ti.
Que tu hermano no sea más capaz de romper contigo que tú de reconciliarte con él.
No seas más apto para hacer el mal que para hacer el bien.
No concedas una gran importancia a las injusticias que soportas, pues sus autores trabajan en su propio detrimento y para tu beneficio.
A aquel que te causa alegría, tú no debes, en retorno, causarle una pena.

Sabe hijo mío, que existen dos clases de beneficios: está el beneficio que tú buscas y está aquel que te busca y que, si tú no vienes a él, él viene a ti.
Que feo es mostrarse sumiso en la desnudez y feroz en la riqueza.
De todos los bienes que habrás poseído en este mundo, sólo te quedarán aquellos que te habrán permitido mejorar tu morada en la otra vida.

Si debes afligirte por lo que se te ha escapado de las manos, aflígete entonces por aquello que nunca te ha pertenecido.
Descubre lo que no ha sido con la ayuda de aquello que ya ha sucedido, porque los fenómenos tienen entre ellos analogías.
No seas de aquellos a quienes no aprovechan las lecciones a no ser que les hagan sufrir enormemente; un ser razonable se instruye mediante la enseñanza, pero el bruto no es instruido sino a golpes.
Cuando te asalten las preocupaciones, defiéndete recitando las fórmulas que incitan a la paciencia y haciendo uso de las certezas sanas.
Quien se reúne se parece.
El verdadero amigo es aquel cuya amistad no se desmiente en vuestra ausencia.
La pasión es la asociada a la ceguera.
Sucede a menudo que lo que está lejos esté más cercano que lo que está próximo, y que lo que está cercano esté más alejado que lo que esté a gran distancia.
El extraño es aquel que no tiene amigos.
Quien transgrede el derecho ve su camino estrecharse. Quien se contenta con su parte la conserva más largo tiempo.
El cordel más seguro que tú puedes asir es el que te une a Dios.
Quien no se preocupa de ti es tu enemigo.
Si se desea algo hasta el punto de morir de envidia, entonces es una victoria el renunciar a ello.
Toda desnudez no es visible, y toda ocasión no es alcanzable.
Sucede a menudo que una persona dotada de buena vista se equivoque de ruta, mientras que un ciego encuentra perfectamente su camino.
Siempre es preciso posponer las malas acciones hasta más tarde, pues se las comete siempre con demasiada rapidez.
La vida traiciona a aquel que confía en ella, y humilla a quien la honrra.
No todo el que tira da en el blanco.
Infórmate acerca de tu compañero de viaje antes de preocuparte por tu itinerario y sobre tu vecino antes de informarte de tu vivienda.
Confío a Dios tu vida material y tu vida espiritual, Le ruego que te reserve la mejor suerte en lo inmediato y en el futuro, en este mundo y en el otro.
As-Salam aleikum.
Arriba
* * *

CARTA DEL IMAM JOMEINI (q.s.)
A SU HIJO AHMAD (r.a.)
Traducido del árabe por A.B.

En el Nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso.
Esta es la carta de un padre viejo, sin fuerzas, que gastó su vida pensando en un montón de conceptos abstractos y que desperdició su tiempo arrinconado en la prisión de su propio ego; y que, viendo llegar sus últimos momentos, se lamenta de lo que hizo. Y va dirigida a un hijo joven, que todavía tiene tiempo de pensar en cuales son los caminos que le permitirán liberarse de los lazos de esta vida (que son los lazos del maldito y astuto Satanás) y cambiar, adoptando el estado de los buenos siervos de Dios.
¡Hijo mío! Ciertamente que lo bueno y lo malo de esta vida, sus subidas y bajadas, desaparecen pronto y somos todos aplastados por las ruedas del tiempo.
Como he visto y reflexionado sobre los estados de muchos diferentes grupos humanos, he llegado a comprender que, en realidad, las clases ricas y poderosas padecen sufrimientos internos, psíquicos y espirituales, mucho mayores que el resto de los grupos sociales, precisamente por no haber podido alcanzar sus ambiciosos proyectos y abundantes deseos.
Este mundo en el que vivimos está oprimido por dos grandes polos y no es posible comparar la intensidad con que sufren sus líderes respectivos y la terrible angustia que se provocan mutuamente, con lo que puedan llegar a sufrir las clases medias e incluso las más pobres.
La competencia entre ambos no es simplemente una competencia práctica, sino un enfrentamiento mortal que les destruye hasta tal punto que a cada uno de ellos les parece tener enfrente a un lobo salvaje con las fauces abiertas, listas para atacarle.
El sufrimiento que esta competencia genera, está presente en la mente de todos los grupos de poder, pero a pesar de ello, aumentan su competencia continuamente y, con ello, el grado de sus sufrimientos.
Mientras que el secreto de la tranquilidad de los corazones reside en liberarse del deseo por las cosas de este mundo, cortando todos los lazos que puedan tenerse con él, y esto es algo que sólo se consigue invocando continuamente a Dios Altísimo.
Aquellos que pretenden ser los mejores en cualquier aspecto, incluso en el terreno de las ciencias o de la religión, o ser los más fuertes, famosos o ricos, en realidad lo que buscan es aumentar sus sufrimientos. Por el contrario, los que se liberan de las ataduras materiales, salvándose así, hasta cierto punto, de las redes de Satanás, esos disfrutan de la felicidad y del Paraíso, incluso en esta vida.
En la época de Reza Jan Pahlevi, en aquellos tiempos en los que se ejercían fuertes presiones sobre los sabios y, tanto éstos como las universidades islámicas (Hausa), vivían en una difícil situación (Dios Misericordioso no permita que vuelvan tiempos parecidos), vi en una panadería, a un sheij que había conseguido liberarse un poco a sí mismo. Estaba comiendo un trozo de pan y dijo: “Me ordenaron ¡quítate el turbante!, lo hice y se lo di a un necesitado para que se hiciera un par de camisas, y ahora me comeré este pan y con eso tengo suficiente hasta la cena” ¡Hay un Señor inmenso y poderoso!
¡Oh, hijo mío! Créeme si te digo que estoy dispuesto a cambiar todos los honores de este mundo por lograr un estado así, pero eso es imposible para alguien como yo, preso en las satánicas redes de la tentación y del astuto ego que tengo.
¡Hijo mío! En lo que a mí respecta ya se me ha pasado el turno: ¡Le llegan las canas al hijo de Adán y, con ellas, le llegan también dos defectos: la codicia y el apego a este mundo! Pero tu tienes el regalo de la juventud y la fuerte voluntad, por tanto existe la esperanza de que puedas caminar por la senda del bien.
Lo que he dicho no significa que debas apartarte de la sociedad y del servicio a tus semejantes, ni tampoco que te quedes en un rincón y te conviertas en una carga para las otras criaturas de Dios, pues esos son comportamientos propios de místicos ignorantes o de mendigos.
Ciertamente, los honorables profetas (la Paz de Dios sea sobre nuestro Profeta, sobre todos ellos y sobre nuestros Imames), son la cima de los que conocen a Dios y de los que están liberados de cualquier atadura o prisión interna. Son los que están unidos a la Existencia Divina, y su tradición consiste en sublevarse por todos los medios posibles contra los gobiernos tiránicos y los faraones de su época. Ellos lucharon y soportaron todo tipo de sufrimientos, solamente para establecer en este mundo la justicia divina. Esta tradición nos ofrece lecciones y lecciones, pero ¿acaso tenemos ojos con los que ver y oídos con los que oír? Este hadiz nos alumbrará el camino: Dijo el Mensajero de Dios:
“No es musulmán aquel que se levanta por la mañana
y no se preocupa de los problemas de los musulmanes”.
¡Hijo mío! Ni el aislamiento místico es una señal que indique vivir sólo para Dios, ni el implicarse en la sociedad y establecer un gobierno implica alejarse de la Verdad Altísima, alabada sea, pues los actos se miden según las intenciones y los motivos que los guían. Y, tal vez, el místico adorador esté enredado en las trampas de Satanás (que se aprovechan de lo que atrae al ego, y por tanto abarca al egoísmo, la soberbia, la vanidad, el desprecio a las otras criaturas de Dios Altísimo y le acercan a la idolatría). Y, cuantas veces, el que gobierna en el nombre de Dios, alcanza la cercanía del Creador Altísimo, como les ocurrió a los profetas de Dios, David y Salomón, la Paz de Dios sea con ambos. Y, sobre todo, está el ejemplo del generoso profeta de Dios, la Paz y las Bendiciones de Dios sean sobre él y sobre su familia purificada y el ejemplo de su sucesor, Ali Ibn Abi Talib, la Paz de Dios sea con él, e igualmente será el comportamiento del Imam al-Mahdi, el Esperado (sirva el sacrificio de nuestras vidas para acelerar su regreso), cuando establezca su gobierno universal.
Por tanto, los actos se miden por la intención que los guía, y cuanto más se acerquen estas intenciones a la luz innata, cuanto más se liberen de los velos, incluidos los de luz, mayor será el aferrarse de la persona al origen de la Luz, hasta llegar a un punto tal que, incluso hablar de aferrarse a algo está fuera de lugar y supondría asociar algo a Dios.
¡Hijo mío! Que no se te olvide tu responsabilidad ante la humanidad, pues el sometimiento a la Verdad Altísima está en el servicio a Sus criaturas. Ten también en cuenta que los ataques de Satanás en este terreno son importantes, sobre todo entre los gobernantes.
Nunca, bajo ningún concepto, muevas tu mano o des un paso con la intención de alcanzar una posición o cargo, tanto si es material como espiritual. Ni siquiera diciéndote a ti mismo que: “mi intención real es llegar a conocer mejor a Dios y servir a Sus siervos”. Pues, si ya el preocuparse por conseguir un cargo o dirección es algo de Satanás, ¿qué no será el trabajar activamente para conseguirlo?
Abre los oídos de tu corazón y de tu espíritu al siguiente consejo divino, dedícale toda tu fuerza y existencia, camina en tu vida según él:
“Di: Ciertamente os aconsejo una cosa, que os levantéis para Dios,
de dos en dos, de uno en uno.”
Corán XXXIV:46
Con lo que se mide el valor de los pasos que da una persona, tanto en el terreno personal como en el colectivo, es con la intención que puso al darlos; ¿lo hizo desinteresadamente, por la causa de Dios, o no?
Busca tener éxito desde tu primer paso, pues es mucho más fácil conseguirlo en la juventud. ¡Nunca permitas que tu estado llegue a ser como el de tu padre! Porque entonces envejecerías sin haberte movido del mismo sitio, eso si no retrocedes… Para conseguirlo es necesario que uno se vigile y que haga un recuento diario de sus acciones.
Si alguien tuviese en su poder el reino de los genios y el de los humanos, incluso habiéndolo pedido y queriendo tenerlo, pero su motivación era divina, entonces será un conocedor de Dios y nada de este mundo le cautivará.
Pero si, al contrario, sus motivos fueron egoístas y satánicos, entonces aunque no llegue a tener poder mas que sobre su rosario (tasbih), estará alejado de Dios, glorificado sea, por el valor que le concede a lo que posee y estará cegado por un velo que le impedirá contemplas Su Santísima Presencia.
¡Hijo mío! Estudia con atención la bendita Surat ul-Hasr (Sura 59), pues en ella hay tesoros de sabiduría y educación y merecería que pasáramos toda nuestra vida estudiándola y recogiendo de ella lecciones y lecciones y pidiendo ayuda a Dios para entenderla. Sobre todo, sus últimas aleyas, desde que comienza a decir Dios Altísimo:
“¡Oh vosotros, los que habéis creído! Temed a Dios, y que cada alma mire lo que se ha preparado a sí misma para el día de mañana. Y sed piadosos. Ciertamente, Dios conoce vuestras acciones”.
Corán, LIX:18
En las pocas palabras de esta aleya reside un sentido gigantesco; algunos de cuyos posibles y edificantes significados señalaré a continuación:
Es posible que estas palabras estén dirigidas a gentes cuyo grado de fe (imán) es el común. En ese caso, la orden de ser piadosos (muttaqin) implicaría un primer grado de piedad, que es la piedad corriente, en el sentido de no desobedecer las órdenes divinas en relación con la imagen exterior de nuestras acciones. Desde este punto de vista, la frase:
“Que cada alma mire lo que se ha preparado a sí misma para el día de mañana.”
incluiría una advertencia acerca de lo que podremos encontrar de nuestras acciones en el Día del Juicio Final. Apoyan esta idea las muchas aleyas coránicas y hadices existentes, dando a entender que volveremos a encontrar nuestras propias acciones y que éstas mostrarán su aspecto real.
Reflexionar sobre este punto es suficiente para los corazones vivos e, incluso, resucita a los corazones preparados para ello y es posible que sea la apertura a un camino que permita conseguir otros grados más elevados. Y parece ser que la orden de ser piadosos aparece para enfatizar sobre este asunto; aunque existen otras posibilidades.
La frase de Dios Altísimo que dice:
“Ciertamente, Dios conoce vuestras acciones”
es una nueva advertencia, ya que nuestras acciones no pueden ocultarse a Dios Altísimo, pues el universo entero está ante Su presencia.
O puede que estas palabras estén dirigidas a aquellos que han logrado que la creencia penetre en su corazón. Ya que es posible que el hombre crea con la mente, con la razón, en los dos testimonios de la fe (Ash.Shahadatain, es decir: “Doy testimonio de que no hay más dios que el único Dios y doy testimonio de que Muhammad es mensajero de Dios”), pero que no estén vivos en su corazón. Puede que sea un sabio en los principios del Islam (Monoteísmo, Justicia Divina, Profecía, Imamato y Resurrección) y sin embargo su sabiduría no se transforme en fe que llegue a su corazón. Quizás esta sea la situación de todo el mundo, excepto unos pocos creyentes privilegiados. Y aquí es donde reside el origen de los pecados que cometen algunos creyentes, puesto que, si el corazón tuviese certeza de la recompensa y del castigo, si el corazón creyera sinceramente en ello, la posibilidad de cometer algún pecado sería entonces muy remota. Si el corazón de una persona creyera que no existe nada digno de ser adorado excepto Dios, entonces no se inclinaría ante lo que no es Dios, ni alabaría a nadie excepto a Él, ni temería a nadie excepto a Él.
¡Hijo mío! Algunas veces, te veo angustiado e intranquilo ante las mentiras que otros dicen de ti. Ten en cuenta que, primero: siempre serás el blanco de ataques y falsos rumores, mientras permanezcas activo y ellos vean que eso es un poder, una fuerza con la que puedes influir en los demás, ya que las enfermedades del corazón son muchas y existen muchas maneras de ser envidioso. Así pues, cualquiera que esté activo, incluso cuando sus intenciones ante Dios sean totalmente sinceras, no se salvará de las puyas de aquellos que pretenden el mal para el prójimo. Yo mismo conozco un hombre sabio y piadoso del que todo el mundo hablaba bien mientras no tuvo poder terrenal,pero que cuando obtuvo un pequeño grado de poder terrenal, apenas nada, se transformó en el blanco de los ataques y las flechas de los demás. Surgieron contra él toda clase de envidias, complejos y otras enfermedades del corazón y tuvo que soportarlas hasta el día de su muerte.
Y segundo: Has de saber que la creencia en que Dios es uno y es único (Tauhid), la creencia en la Unicidad del Adorado, la Unicidad de la Causa Original, no ha llegado todavía a tu corazón como es debido. ¡Que todo tu esfuerzo se oriente a que el término Tauhid, la Palabra Inmensa, la Frase Altísima, vaya de tu cabeza a tu corazón.
La mente solamente puede certificar esta creencia, pero su influencia en la persona será muy escasa si esta no consigue que, mediante una lucha interior, llegue a su corazón.
Quizás, aquellos que se dedican al pensamiento y siguen el camino filosófico del saber, sean los que pueden caer con más facilidad en las redes de Iblís y del impuro ego: “El pie de los pensadores es de madera”. Este pie deductivo y pensador, llegará a ser un alma llena de fe cuando traspase el horizonte de la mente y alcance el reino del corazón, creyendo con el corazón lo que supo con la mente.
¡Oh hijo mío! ¡Lucha y esfuérzate para que puedas entregar tu corazón a Dios! ¡Glorificado sea Su nombre! ¡Para que puedas llegar a saber que no existe más causa que El!
¿Acaso, la mayoría de los musulmanes no rezan varias veces al día, cumpliendo así con sus obligaciones religiosas? Y ¿Acaso esa oración no está llena de conocimientos divinos y no contiene el espíritu de la Unidad y Unicidad divinas, el espíritu del Tauhid? Ellos repiten varias veces al día:
“Sólo a Ti adoramos y sólo a Ti pedimos ayuda”
por tanto, con sus lenguas se apartan de adorar y de pedir ayuda a lo que no es Dios, sin embargo, excepto los verdaderos creyentes, todos se someten y alaban a cualquiera que sea rico y poderoso e, incluso, su sumisión y alabanza a ellos llega a ser mayor que la ofrecida a Dios. Así, piden ayuda a los que son más poderosos y se aferran a cualquier mezquindad con tal de conseguir sus deseos, olvidándose del Absoluto Poder de Dios.
Basándonos en la posibilidad de que la aleya mencionada esté dirigida a aquellos a quienes su fe les llegó al corazón, la orden para que sean piadosos tiene un significado distinto que si fuese dirigida al grupo anterior. En este caso Taqwa no sólo significa cumplir con las formas externas de la religión, sino también no buscar ayuda excepto de Él, no someterse excepto a Él, no dirigirse sino a Él. Significa impedir que pueda entrar en el corazón alguien o algo distinto de Él. Aquí, piedad (Taqwa) significa poner la confianza únicamente en Él, alabado sea.
Conforme a esta posible interpretación, la parte de la aleya que dice:
“Que cada alma mire lo que se ha preparado a sí misma para el día de mañana”
se referiría a las acciones espirituales, las cuales toman forma en el mundo de los espíritus (al-malakut); y por encima de este mundo poseen aún otra configuración. Así pues, lo que sigue de la aleya significaría que Dios sabe todo lo que pasa por nuestro pensamiento.
Pero todo esto no quiere decir que tengas que dejar de actuar, olvidarte del derecho de tu alma, aislarte de todos y de todo, pues eso va en contra de la práctica de los grandes profetas y de los generosos Imames (la Paz y las Bendiciones de Dios Altísimo sobre todos ellos), pues la tradición atestigua que ellos realizaron todos los esfuerzos necesarios para alcanzar los objetivos divinos; pero no de la misma manera que hacemos nosotros. Nosotros, los ciegos corazones que somos, consideramos las causas de las cosas como algo independiente, sin embargo, ellos (la Paz y las Bendiciones de Dios sobre ellos) consideran que la única causa es Él, alabado sea, y esto es un estado normal en ellos. Aquí reside uno de los motivos por lo que destacan sobre los demás.
Tu y yo y los que son como nosotros, cuando pedimos ayuda a las criaturas, nos olvidamos de Dios, alabado sea. Pero ellos ven que, en realidad, la ayuda solamente puede venir de Él, aunque la forma externa que adopte sea a través de un medio material. Ellos ven que todo lo que ocurre proviene de Dios, aunque aparentemente, como nos parece a nosotros, no sea así. Es por eso que lo ven todo correcto, en su sitio, a través de la visión que les da el mirar con el ojo del espíritu, aunque a nuestros ojos no lo parezca.
¡Hijo mío! Existe un asunto espiritual que es muy útil conocer para aquellos que, como nosotros, están muy atrasados en la caravana de los Abrar (los buenos). Guarda relación con la construcción de uno mismo, de la personalidad propia, intentando siempre corregir los fallos que comete, es lo siguiente: Hemos de saber con certeza que el amor que tenemos a nuestro propio ser es la causa de que nos agraden las alabanzas que nos dirigen los demás e, igualmente, que nos disgusten las críticas en contra nuestra. El amor al yo es una de las mayores trampas del maldito Iblís.
Nos gusta que los demás nos alaben, aunque sea atribuyéndonos acciones que jamás hemos realizado. Nos gustaría que se cerraran todas las puertas de la crítica que se realiza en contra nuestra, aunque sean críticas ciertas y constructivas. Nos gustaría que esas críticas se transformasen en alabanzas. Nos duele que la gente intente descubrir nuestros vicios, pero no nos duelen los vicios mismos. Nos agrada recibir alabanzas aunque no las merezcamos. Este asunto nos domina, aquí, allí, en cualquier sitio. Y si quieres saber hasta qué punto es esto cierto, imagina que hubieras realizado determinado trabajo y otra persona hubiera realizado el mismo acto mejor que tú. Cuando la gente comenzara a alabarle, sobre todo si el que recibe la alabanza es alguno de tus amigos, odiarás esos elogios, sobre todo cuando los que le alaban comiencen a transformar los fallos que tu amigo haya podido cometer, en virtudes y aciertos.
Cuando esto te suceda, ten por seguro que la mano de Satanás y, lo cual es peor aún, la de tu propio ego, te estarán manipulando.
¡Oh, hijo mío! Que bueno sería que convencieras a tu ego de que, en realidad, las alabanzas de los aduladores, la mayoría de las veces, destruyen al que alaban y le alejan cada vez más y más del camino de la purificación. La consecuencia de todo esto es que nuestras sucias almas llegan a un estado en el que Dios Altísimo deja de guiarlas, con el consiguiente alejamiento (tan débiles como somos) de la presencia de la Verdad Altísima, glorificado y alabado Sea.
Quizás, el hecho de que los demás vayan espiando nuestros vicios y difundiendo mentiras sobre nosotros sea, en realidad, una cura para nuestros fallos espirituales, de la misma manera en que una dolorosa intervención quirúrgica consigue la curación del paciente.
Ciertamente, aquellos que nos alejan de la cercanía de la Verdad Altísima con sus alabanzas, son amigos que nos declaran su enemistad con amor y, ciertamente, aquellos que creen ser nuestros enemigos cuando difunden nuestros vicios y hablan mal de nosotros, son realmente enemigos que lo que consiguen es que nos corrijamos, si es que queremos corregirnos. Por lo tanto, aunque su imagen sea la de enemigos, nos están beneficiando.
Ahora bien, si tu y yo nos pusiéramos a reflexionar y creyésemos en la realidad de todo esto; si las trampas de Satanás nos dejasen ver la verdad tal cual es, por una sola vez, nos molestaría recibir alabanzas de la misma manera y con la misma intensidad con que ahora nos molesta recibir las críticas y la difamación difundida en contra nuestra. Nos alegraríamos entonces de que se espiasen nuestros vicios, del mismo modo en que ahora nos alegramos por las alabanzas y los halagos que nos dedican esos charlatanes.
Si lo mencionado se apoderase de tu corazón, entonces no te alcanzaría daño ni preocupación alguna por tales difamaciones y conseguirías la tranquilidad de corazón, pues la mayor parte de las ansiedades y de la intranquilidad surgen del amor que sentimos por nosotros mismos. ¡Que Dios, en Su misericordia, tenga compasión de nosotros y nos salve!
La otra posibilidad, es que la aleya mencionada esté dirigida particularmente a aquellos que conocen a Dios Altísimo, aquellos que echan de menos el estar ante la presencia de su Señor, aquellos apasionados y sobrecogidos por la hermosura del Señor de la Hermosura; los que ven con los ojos de sus corazones y del conocimiento interno, que todas las existencias no son mas que aspectos de la manifestación de la Verdad, alabado y glorificado sea, y que ven la luz de Dios en todo, pues han llegado a comprender el sentido de la aleya generosa que dice:
“Dios es la luz de los cielos y la tierra”
Perciben esta verdad con el espíritu y con el corazón. Ruego a Dios que nos dé ese estado.
En este caso, la orden de ser piadosos (muttaqin) dirigida a este grupo específico de gentes apasionadas, se diferenciaría conceptualmente de los dos casos anteriores, compuestos por gentes con niveles inferiores de creencia. En este caso, es posible que la orden pretenda impedir la multiplicidad de la percepción (kazrat), la escisión entre lo que se ve y el que lo ve, la separación entre el observador y lo observado. En este caso, la orden de tener taqwa implicaría no dirigirse a otro que a Dios, ni siquiera a la creación a través de Él. Implicaría un nivel del tipo: “No veo nada sin ver a Dios antes de ello, en ello y tras ello” “Todo lo que veo no es sino a Dios”, pues este nivel es un estado normal entre los cercanos a Dios (auliiá), es un nivel en el que todavía existe la percepción de “algo”. En este caso, la orden de tener taqwa sería una indicación para que se perciba que:
“Dios es la Luz de los cielos y la tierra”
un llamado al nivel de piedad que permite percibir que:
“Él está con vosotros”
al nivel de:
“He dirigido mi rostro hacia Aquel que ha creado los cielos y la tierra”
Taqwa (piedad) para percibir las apariencias de la belleza de Dios en un árbol, y como eso, muchos otros ejemplos que implican el hecho de ver a Dios a través de Su creación.
De la misma manera se explica la orden de que
“Cada alma mire lo que se ha preparado
para el día de mañana”
pues estas mismas situaciones de ver a la Verdad Altísima, alabado y glorificado Sea, a través de la creación, y de ver la Unicidad en lo plural, tiene sus correspondencias en otros mundos.
Es posible también que la aleya mencionada esté dirigida más específicamente a aquellos de los “auliiá” (Santos) que ya han superado el nivel de “Ver la Verdad en la creación” y de “Ver la belleza de la Presencia de la Unicidad en lo plural de los actos”. En este caso, ya no existe ni una mota de polvo que ensucie el espejo en el que contemplan la imagen del paisaje. Son los que se han librado de la “idolatría oculta”, y sus corazones se han quedado prendidos en las Manifestaciones de los Nombres de la Verdad Altísima. Ellos son, pues, los enamorados y apasionados de la Presencia manifestada de los Nombres. Esas Manifestaciones les han “aniquilado” de presenciar cualquier otra presencia. Lo único que ven son las Manifestaciones de la Presencia de los Nombres.
Según esta posibilidad, la orden de tener taqwa, se referiría a ver el pluralismo de los Nombres, las Manifestaciones de la Presencia de la Misericordia Esencial y Manifestada y los demás Nombres de Dios.
Sería como si se les dijera: “Desde el origen infinito hasta la eternidad no existe sino Una Manifestación Única”. Por tanto, las demás partes de la aleya tendrían la misma explicación.
En este nivel no existe “testigo”, “manifestaciones” ni “visiones”, sino una “aniquilación” en el Absoluto Él, pues “No hay otro Él que Él”.
Y la posibilidad más elevada sería que cada palabra de la aleya, tal como “creen”, “tienen taqwa”, “mire”, etc…., haya que entenderla en su sentido absoluto y, en ese caso, todos los anteriores no serían sino niveles de estos sentidos absolutos y cada palabra sería en realidad como el título de un tema sin límites ni fronteras y que, por ello, abarcaría todos los niveles, pues, aún habiendo más posibilidades de las mencionadas, estarían todas incluidas en este último nivel, como distintos grados del mismo. Por tanto, la aleya estaría dirigida a los creyentes de todos los niveles y para cada uno de ellos tendría un sentido cierto y diferenciado, pero englobado dentro del sentido absoluto.
Este asunto abre las puertas para el entendimiento de muchos hadices (es decir: transmisiones de dichos o hechos del Profeta o de los doce Imames) que aplican alguna aleya coránica a un grupo concreto de personas o a una persona concreta, de manera que parecería, por lo que dice el hadiz, que la aleya va dirigida específicamente a ese grupo, cuando en realidad no es así, sino que el hadiz menciona uno de los niveles de lectura de los muchos que abarca la aleya.
En ese mismo sentido hay que entender la generosa aleya que viene a continuación de la anteriormente citada, en la que Dios Altísimo dice:
“No seáis como los que han olvidado a Dios, por lo que (Dios) hace
que se olviden de sí mismos. Esos, esos son los corruptos”.
Corán, LIX:19
Según lo mencionado anteriormente, esta honorable aleya tendría también varias explicaciones posibles, que se corresponderían con sus distintos niveles, aún cuando todos ellos tengan la misma esencia. No es posible aquí mencionar todos estos niveles, así que nos conformaremos con referir un solo punto, es éste:
“Olvidarse de Dios Altísimo implica obligatoriamente olvidarse de uno mismo”, tanto da que ese olvido sea involuntario o consciente. Sea de una manera u otra, en esta aleya hay una firme advertencia para no olvidar a Dios.
Ciertamente, el olvido de la Verdad Altísima lleva necesariamente al olvido de uno mismo. O también se podría decir que es la Verdad Altísima la que lleva al hombre a olvidarse de sí mismo. Y, lo mismo que antes, esto se verifica en todos los niveles mencionados.
En el nivel de la acción, quien se olvida de Dios y de Su Presencia, se enfrenta al olvido de sí mismo. Se olvida el hombre de su esclavitud y eso le lleva a ser olvidado en el nivel de la esclavitud. Y quien no sabe qué es, quién es y cuáles son sus obligaciones, tendrá dentro de sí a Satanás, el cual dominará su alma y se colocará a sí mismo en lugar de ella. Satanás es el factor de la insumisión y de la opresión. Por tanto, si la persona no se da cuenta de sí mismo y no retorna arrepentido hacia Dios, será trasladado al otro mundo en ese estado de insumisión e injusticia y puede que sea incluso trasladado con el aspecto de Satanás, el cual ha sido alejado de la misericordia de Dios Altísimo.
Pero si el sentido del olvido en la aleya fuera el otro, es decir, el de alejarse conscientemente de Él, entonces la situación será más dolorosa todavía, porque si el dejar de obedecer a Dios y olvidarse de Él, llevan a la persona a una situación en la que Dios lo abandona a su propia suerte, lo deja en manos de su propio ego, cortando Su alianza con él, en el caso de que la persona se olvide voluntaria y conscientemente de Dios, no hay duda de que le alcanzará el olvido divino, tanto en este mundo como en el otro. Y, podemos ver en las nobles súplicas (du’as) de los impecables que nos han sido transmitidas, como ellos insisten: “No nos Dejes librados a nosotros mismos ni el instante que se tarda en abrir y cerrar los ojos”, pues ellos, la Paz sea con ellos, saben lo que resulta de ese estado, mientras que nosotros no sabemos.
¡Hijo mío! No consideres pequeños los pecados por muy insignificantes que te parezcan. Mira a Quien estás desobedeciendo. Visto desde ese ángulo, todos los pecados son grandes.
No presumas de nada, pues todo es de Dios Altísimo y, si la alianza de Su misericordia se cortase por un instante para los seres existentes, no quedaría nada en absoluto, ni siquiera los mensajeros, los profetas o los ángeles, pues el mundo entero no es sino manifestación de Su misericordia (Rahmaniah), Él es el que hace que el orden existente en la creación tenga permanencia y continuidad y
“No hay redundancia en Su manifestación, santificado y glorificado Sea…”
por lo tanto, no te olvides nunca, de ninguna manera, de Su Presencia e, igualmente, no confíes demasiado en Su Misericordia pero tampoco desesperes nunca de ella. Tampoco confíes en la intercesión de los “shufa’a” (la Paz sea con ellos) pues para todas esas cosas (como pedir y recibir la intercesión de los cercanos a Dios) existen reglas establecidas por Dios, que nosotros ignoramos.
Ten siempre ante tus ojos las súplicas de los Impecables, sus ruegos y lamentaciones y temor de desobedecer a Dios y de recibir Su castigo, para que estas cosas sean una luz que alumbre tus pensamientos y dirija tus actos.
Las pasiones del alma y el Satanás del ego que incita al mal, nos cazan en las redes del orgullo y nos arrastran con ellas hacia la destrucción.
¡Oh, hijo mío! No luches nunca para conseguir esta vida, ni siquiera lo lícito de ella, pues el amor a este mundo, incluso a lo que es lícito desear, es la fuente de todo pecado y un velo que arrastra al ser humano hacia lo ilícito.
Tú, que eres joven todavía y tienes esa fuerza de la juventud que Dios Altísimo te ha dado, puedes apartarte, utilizándola, de dar los primeros pasos en la senda desviada. Hazlo pues y no dejes que te arrastren a dar otros, porque a cada paso desviado le sigue otro y cada pecado, por muy pequeño que parezca, lleva a la persona a cometer otro mayor, hasta llegar un momento que, por muy grandes que estos sean, le parezcan siempre pequeños, e incluso llevan a algunas personas a sentirse orgullosos de haberlos cometidos, haciéndole ver lo malo como bueno y viceversa, a causa del espeso velo que ponen sobre sus ojos.
Le pido a Dios, glorificado sea Su Nombre, que ilumine los ojos de tu corazón con la luz de Su Belleza acogedora. Que aparte de tus ojos los velos y que te libre de los grilletes, tanto de Satanás como de los hombres, para que no llegues a ser como tu padre, lamentándose de lo que ya pasó, cuando la juventud ya se había ido y la vejez se había asentado.
Y pido a Dios Altísimo que haga que tu corazón se aferre a Él, para que no tengas miedo de nada de lo que pueda ocurrirte en este mundo y para que liberes a tu corazón de la cárcel de los demás, para que consigas librarte de la “idolatría oculta y de la aún más oculta”.
Existen todavía, en estas aleyas, hasta el final de la sura, muchos temas importantes, pero no es ahora el momento de comentarlos.
¡Dios mío! Haz que Ahmad sea par Ti Mahmud (alabado), que Fátima sea pata Ti purificada, que Hasán (Bueno) sea para Ti mejor y Da facilidad a Yaser… mediante Tus buenas alianzas particulares.
¡Dios mío! Educa Tú a esa familia que desciende de la Familia de la Pureza y la Impecabilidad, protégela de los demonios internos y externos y dale la merced de esta vida y de la otra.
Es mi último deseo, hijo, que te esfuerces en servir a tus parientes, sobretodo a tu madre, pues ella tiene derechos sobre todos nosotros y esfuérzate por conseguir que esté ella satisfecha contigo.
Alabado sea Dios, al principio y al final. Que Sus bendiciones sean con Su Mensajero y con su purificada familia y Sus maldiciones con los enemigos de ellos.

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