Pequeño pasaje de Seyyed Muhammad Baqir as Sadr sobre el socialismo

Existen numerosas escuelas dentro del socialismo. De entre
ellas la más conocida es la basada en la teoría del marxismo y el
materialismo dialéctico, que expresa una filosofía de vida
específica y concibe el materialismo de un modo dialéctico.
Los materialistas dialécticos han aplicado dicha doctrina a la
historia, la sociología y la economía convirtiéndose de esta
forma en una doctrina filosófica a cerca el mundo, una forma
de estudiar la historia y la sociedad, una doctrina económica y
un plan político. En otras palabras, modela a toda la humanidad en un molde específico, de acuerdo con el tipo de pensamiento que tienen, su visión de la vida y su forma de
actuar.
No hay duda de que la filosofía materialista, así como el
método dialéctico no son fruto de la creación y la innovación
de la escuela marxista. La tendencia materialista ha existido en
el campo de la filosofía desde hace miles de años, a veces de
forma clara y otras oculta detrás de la sofística y la negación
absoluta. Del mismo modo, algunas de las líneas del método de
pensamiento dialéctico están profundamente arraigadas en el
pensamiento humano y han sido desarrolladas posteriormente
por el famoso filósofo idealista, Hegel.
Más tarde, Karl Marx adoptó dicho método y la mencionada
filosofía. Trató de aplicar dichos principios en todos los
aspectos de la vida y logró dos cosas. En primer lugar, explicó
la historia desde un punto de vista puramente materialista con
un método dialéctico. En segundo lugar, afirmó haber
descubierto las contradicciones del capitalismo y el valor
excedente o plusvalía, que el capitalista, en conformidad con
sus creencias, roba a sus empleados1.
Fundamentándose en estos dos descubrimientos, Marx
defendió la necesidad de abolir el sistema capitalista y
establecer el sistema socialista, que él consideraba la etapa
previa a la completa aplicación del comunismo.
En esta filosofía, el ámbito social constituye un campo de
batalla entre opuestos. Cada situación social que prevalece en
este campo es un fenómeno puramente material en
consonancia con el resto de fenómenos y circunstancias
materiales e influenciada por ellos.
Sin embargo, al mismo tiempo, esta situación social incuba en
su esencia su propia contradicción. El conflicto entre los
elementos antológicos que contiene se incrementa y acumulan
1. Hemos explicado estas teorías con un estudio científico detallado en el
libro Nuestra economía. Hasta que termina provocando un cambio en esta situación y
dando lugar a una nueva. El conflicto continua de este modo
hasta que toda la humanidad conforma una sola clase que
responde a los intereses de cada uno de sus individuos.
En ese momento prevalece la armonía, se alcanza la paz y
finalmente desaparecen todos los efectos negativos del sistema
capitalista democrático, ya que tales efectos fueron producidos
por la diferencia de clases en la sociedad. Esta multiplicidad
fue, a su vez, el resultado de la división de la sociedad en
productores y empleados.
Así pues, es necesario poner fin a esta división con la supresión
de la propiedad. En este sentido el comunismo se diferencia del
socialismo en algunas de sus principales líneas económicas
debido a que la economía comunista se basa en primer lugar en
la eliminación de la propiedad privada y su total erradicación
de la sociedad. La riqueza debe ser propiedad de todos y
administrada por el Estado. Éste, como representante legal de
la sociedad, se encarga de la gestión y la explotación de la
riqueza en pro de la comunidad.
La creencia de la escuela comunista en la necesidad de esta
absoluta nacionalización fue una reacción natural a las
complicaciones derivadas de la propiedad privada en el
sistema capitalista democrático. La nacionalización quedaba
justificada por el hecho de que su objetivo era eliminar la clase
capitalista y unificar a la población en una sola clase para
acabar con el conflicto y evitar que el individuo se sirviese de
diversos métodos y medios para ampliar su riqueza, saciando
su codicia y dejándose llevar por el egoísmo de su beneficio
personal.
En segundo lugar, la economía comunista está basada en la
idea de que la distribución de los bienes producidos se debe
realizar de acuerdo a las necesidades individuales de consumo.
Este punto queda resumido en el siguiente enunciado: «De cada
cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad». Esto quiere decir que cada individuo tiene necesidades naturales sin
las que no puede sobrevivir, por lo que el individuo dedica
todo su esfuerzo a la comunidad y a cambio la comunidad
satisface sus necesidades vitales y le proporciona sustento.
En tercer lugar, el comunismo se basa en un plan económico
elaborado por el Estado, en el que se concilia la cantidad, la
diversidad y los límites de la producción con las necesidades
de la comunidad con el fin de evitar que esta sufra los mismos
males y crisis que se han producido en la sociedad capitalista
por haber permitido una libertad sin límites.

La desviación del proceso comunista

Sin embargo, los líderes comunistas que formularon este
sistema fueron incapaces de ponerlo en práctica con todas sus
especificidades una vez que tomaron las riendas del gobierno.
Creían que para su aplicación era imprescindible una
evolución del pensamiento, de las motivaciones y los objetivos
de la humanidad. Afirmaban que llegaría un día en el que los
intereses personales y la mentalidad individualista del ser
humano morirían y serían remplazados por la concepción
colectiva y las tendencias sociales. De tal modo, que el ser
humano solo pensase en el interés social y solo se dedicase a
alcanzarlo.
Para ello era necesario, según esta doctrina social, establecer
previamente un sistema socialista en el que el ser humano
pudiese deshacerse de su naturaleza actual y adquirir la
naturaleza afín al sistema comunista. El sistema socialista llevó
a cabo importantes modificaciones en el aspecto económico del
comunismo.
Por lo tanto, el punto principal de la economía comunista -la
supresión de la propiedad privada- se sustituyó por una
solución más moderada que establecía la nacionalización de la
industria pesada, el comercio exterior y las grandes operaciones nacionales, así como la imposición de restricciones
gubernamentales sobre todos ellos.
En otras palabras, buscaba la eliminación del gran capital para
favorecer el avance de las industrias y las pequeñas empresas,
otorgándoles el control a los individuos. Todo ello debido a
que el principal punto de la economía comunista chocaba con
la verdadera naturaleza humana a la que hemos aludido antes.
Los individuos comenzaron a descuidar el desempeño de sus
labores y actividades en el trabajo y huían de sus obligaciones
sociales debido a que supuestamente el sistema aseguraba sus
sustentos y cubría sus necesidades e impedía cualquier trabajo
o esfuerzo mayor que el necesario.
¿Por qué debería entonces el individuo esforzarse o trabajar
duro y con seriedad si el resultado para él era el mismo tanto si
era perezoso como si era activo? ¿Y por qué dedicarse a
proporcionar felicidad y a facilitar comodidad a los demás con
su sudor y sus lágrimas, malgastando su vida y sus energías si
no creía en uno solo de los valores trascendentes de la vida y
únicamente creía en los puramente materialistas?
Esto obligó a los líderes de esta doctrina a paralizar la
nacionalización absoluta y a modificar el segundo punto de la
economía comunista. Crearon diferentes salarios con el fin de
motivar a los trabajadores a participar activamente y a llevar a
cabo sus obligaciones. Se disculparon asegurando que eran
diferencias temporales que desaparecerían cuando la
mentalidad capitalista fuese abolida y la humanidad
experimentase un mayor desarrollo.
Debido a esto aplicaron cambios constantes, conforme a sus
métodos económicos y a sus tácticas socialistas, de modo que
pudieran evitar el fracaso de cada método con uno nuevo. Sin
embargo, hasta el momento, no han sido capaces de erradicar
todos los principios básicos de la economía capitalista. Los
préstamos usureros, por ejemplo, no han sido eliminados por completo, a pesar de que en realidad son la base de la
corrupción social en la economía capitalista.
Pero nada de todo esto significa que estos líderes fuesen un
fracaso, que no se tomasen en serio su doctrina o no fuesen
fieles a sus creencias…más bien significa que en el momento de
querer aplicarlas chocaron con la realidad. La naturaleza
humana, con sus contradicciones, obstaculizó el método
revolucionario de reforma social que ellos predicaban. Así pues
la realidad les forzó a retirarse con la esperanza de que el
sueño se hiciese realidad en un futuro próximo o lejano.
En términos políticos, el objetivo a largo plazo del comunismo
es eliminar el Estado de la sociedad cuando se logre el milagro
y la mentalidad social prevalezca entre todos los seres
humanos. En ese momento todo el mundo pensará solo en los
intereses materiales de la sociedad en su conjunto. Pero antes
de eso, mientras el milagro aún no se ha sucedido, mientras la
gente todavía no se ha unido en una sola clase y la sociedad
sigue dividida entre fuerzas capitalistas y obreros, el gobierno
debe ser exclusivamente de la clase obrera. Sería un gobierno
democrático dentro de los círculos de trabajo y dictatorial en
relación con el pueblo en general.
Justificaron esto argumentando que el gobierno dictatorial de
los obreros era necesario en todas las etapas en las que el ser
humano todavía conserva una mentalidad individualista. Eso
serviría para garantizar los intereses de la clase obrera,
estrangular al capitalismo y prevenir su reaparición en escena.
De hecho, esta doctrina, representada primero por el
socialismo marxista y luego por el comunismo marxista, supera
al sistema democrático capitalista, dado que se basa en una
filosofía materialista determinada, que adopta una
comprensión específica de la vida que no reconoce ninguno de
los ideales y valores morales. Explica la vida de forma que no
haya lugar para un creador por encima de los límites de la naturaleza, ni para una previsión de futuro más allá de los
límites de la vida material.
Esto es todo lo contrario a lo que ocurre en el capitalismo
democrático, que a pesar de ser un sistema materialista, no se
ha establecido sobre una base filosófica concreta. El
comunismo materialista cree en la existencia de una
vinculación entre la cuestión real de la vida y la cuestión social,
pero el capitalismo democrático no cree en esta vinculación o
no trata de explicarla.
Por este motivo la doctrina comunista fue digna del estudio
filosófico. Fue probada a través de la experimentación con la
filosofía en la que estaba basada y de la cual emanó. El juicio de
todo sistema depende del éxito de sus conceptos filosóficos
relativos a la comprensión y al planteamiento de la vida.
Es fácil darse cuenta a primera vista de que la característica
principal del sistema comunista, tanto en su versión atenuada
como en la plena, es la de aniquilar al individuo en la sociedad
y convertirlo en un instrumento manipulable con el propósito
de llevar a término las normas generales que este sistema
presupone.
Por lo tanto, es todo lo contrario al sistema capitalista liberal,
en el que la sociedad está al servicio del individuo y este la
utiliza para alcanzar sus intereses particulares. Es como si, en
la tradición de ambos sistemas, el carácter individual y el social
estuviesen destinados a chocar y a luchar. El individualismo
fue el vencedor en el sistema cuya legislación estaba basada en
el individuo y en sus beneficios particulares. El resultado fue
que la sociedad sufrió crisis económicas que sacudieron toda
su existencia y deformaron la vida de todos sus habitantes.
Por otro lado, el carácter social fue el vencedor en el otro
sistema. Este sistema intentó rectificar los errores del sistema
anterior, por lo que apoyó a la sociedad y sentenció al carácter
individualista a la desaparición y a la muerte. Los individuos soportaron severas pruebas que limitaron sus libertades, sus
vidas personales, así como sus derechos naturales de pensar y
elegir.

Críticas al comunismo

Es cierto que el régimen comunista enmendó algunos de los
problemas del capitalismo liberal por medio de la abolición de
la propiedad privada, pero este tratamiento acarrea
complicaciones naturales que lo hacen demasiado costoso,
además de lo laboriosa que resulta su aplicación en el
individuo. Este método no se puede aplicar a no ser que el
resto de métodos y procedimientos fallen.
Por otro lado, dicho tratamiento es incompleto y no garantiza
la total erradicación de la corrupción social. Esto es así porque
no se ha diagnóstico adecuadamente la enfermedad ni se ha
especificado el punto de partida desde el cual el sistema
capitalista propagó el mal por todo el mundo. Este punto de
partida ha continuado presente, manteniendo su posición con
respecto a la vida social, en la doctrina comunista.
Así pues la humanidad no ha conseguido una solución
definitiva para su gran problema, ni tampoco ha obtenido el
remedio que cura sus dolencias y elimina sus síntomas nocivos.
Las complicaciones de este tratamiento son muy graves, pues
tiende a eliminar las libertades de los individuos con el fin de
sustituir la propiedad privada por la propiedad comunista.
Pero, esta enorme transformación social ha sido, por lo menos
hasta ahora, contraria a la naturaleza humana en general, como
han admitido sus dirigentes, ya que el ser humano materialista
todavía piensa en términos egoístas y considera sus intereses
desde un punto de vista limitado e individualista.
Así mismo, establecer un nuevo modelo de sociedad en la que
los individuos se disuelven por completo y que elimina
totalmente los motivos personales requiere un poder firme que
lleve las riendas de la sociedad con mano de hierro. Es un poder que acalla cualquier voz que se alce, que sofoca
cualquier atisbo de duda a cerca de sus métodos, que
monopoliza todos los medios de propaganda y comunicación,
que impone a la nación límites imposibles de traspasar y que
castiga en base a acusaciones y especulaciones para no perder
las riendas del poder repentinamente. Esto es lo normal
cuando se pretende imponer un sistema a una nación antes de
que madure en ella la mentalidad y el espíritu adecuado.
En efecto, si el ser humano materialista comienza a pensar de
una manera social, a considerar sus intereses con una
mentalidad colectiva y a liberarse de todos los sentimientos
personales, los deseos egoístas y las motivaciones privadas,
sería posible construir un sistema en el que los individuos se
fundiesen y en el que no quedase en pie nada excepto el
enorme gigante social.
Sin embargo, lograr este cambio en el ser humano materialista,
que no cree en nada excepto en una vida limitada sin otro
sentido que el del placer material, precisa un milagro que cree
el paraíso en este mundo y que lo baje de los cielos a la tierra.
Los comunistas nos prometieron este paraíso. Esperan el día en
el que las fábricas acaben con la naturaleza humana para así
poder crear de cero un ser humano ejemplar tanto en sus
pensamientos como en sus actos, y eso a pesar de que no creen
en absoluto en los valores idealistas y morales. Si este milagro
finalmente se hace realidad, entonces tendremos que tener
unas palabras con ellos.
Pero por el momento, implantar el modelo social que ellos
buscan requiere confinar a los individuos dentro de los límites
de la idea de este modelo, garantizar su aplicación poniendo a
cargo de su protección al grupo que cree en él, adoptar
medidas preventivas que supriman la naturaleza humana y las
emociones personales e impedir su reaparición por todos los
medios. Bajo este sistema, el individuo adquiere una seguridad social
que le garantiza su vida y cubre sus necesidades. La riqueza
colectiva le proporciona todo esto cuando lo precisa. Sin
embargo, ¿no sería mejor para él obtener dicha seguridad sin
perder el soplo de libertad purificadora, sin verse obligado a
fundir su persona en el fuego y sin ahogarse en el tormentoso
mar social?
Y ¿cómo puede una persona aspirar a tener libertad en
cualquier otro campo cuando se le priva de la libertad en su
vida y cuando su alimentación está totalmente vinculada a una
organización específica, teniendo en cuanta que la libertad
económica así como la libertad de vida son la base de todas las
libertades?
Los defensores del comunismo se justifican argumentando: ¿De
qué le sirve al ser humano la libertad y el derecho a criticar y a
expresar sus opiniones cuando sufre bajo una terrible carga
social? ¿Y qué beneficio obtiene del debate y la oposición
cuando está más necesitado de una buena alimentación y una
vida segura que de las protestas y el clamor que le proporciona
la libertad?
Aquellos que expusieron dichas cuestiones únicamente
tuvieron en cuenta el capitalismo democrático, como si fuese la
única causa social que rivalizase con la suya en el campo de
batalla. Por lo tanto, relativizaron el valor de la dignidad y de
los derechos individuales, considerando que ponían en peligro
el avance general de la sociedad.
Sin embargo, la humanidad tiene derecho a no sacrificar ni una
parte de su resistencia ni de sus derechos mientras no se vea
obligada a ello teniendo que elegir entre la dignidad, que es
uno de los derechos morales de la humanidad, y la necesidad,
que es uno de sus derechos materiales. Pero, la humanidad
carecía de un sistema que combinase ambos aspectos y
resolviese ambos problemas. Un ser humano cuyo potencial es explotado por los demás, que
no confía en una buena vida, en un salario justo ni en un
seguro en tiempos de necesidad, es un ser humano que ha sido
privado de los placeres de la vida y no tiene acceso a una
existencia apacible y estable.
Del mismo modo, un ser humano que vive constantemente
bajo amenaza, calculando cada movimiento, exponiéndose a
ser detenido y encarcelado sin un juicio, o al exilio, o a ser
ejecutado al menor gesto, es un ser humano atemorizado y
aterrado, a quien el miedo ha robado la dulzura de la vida y ha
perturbado sus placeres.
El tercer tipo de ser humano, el que está seguro de su
supervivencia y confía en su dignidad y en su seguridad, es lo
que toda persona sueña con alcanzar algún día. Pero, ¿Cómo y
cuándo se podrá hacer realidad este sueño?
Hemos señalado que el tratamiento que el comunismo asigna
al problema social es deficiente, sumado a las complicaciones a
las que ya hemos hecho mención. A pesar de que este
tratamiento es un reflejo de los sentimientos y emociones que
surgieron de la tiranía social generalizada y que animaron a un
gran número de intelectuales a buscar una nueva solución, no
tuvieron en cuenta la causa de la corrupción, lo cual les hubiese
permitido eliminarla, sino que se ocuparon de acabar con otros
problemas. Así pues, no tuvieron éxito con el tratamiento y no
lograron la cura.
El principio de la propiedad privada no es el origen de los
males absolutos que acompañan al capitalismo y que
erradicaron la felicidad y la tranquilidad del mundo. Este
principio no impone el desempleo de millones de trabajadores
por utilizar una nueva maquina que destruirá sus industrias,
como ocurrió en los albores de la Revolución Industrial.
Tampoco impone el control despótico de los salarios y la
explotación de los empleados. Así mismo, no obliga a los
capitalistas a destruir grandes cantidades de sus productos para proteger su precio, ni a preferir malgastar dichos
productos a utilizarlos para cubrir las necesidades de los
pobres.
No es el principio de la propiedad privada lo que invita al
capitalista a convertir su riqueza en capital rentable,
multiplicándolo a través de los intereses y absorbiendo el
esfuerzo de los deudores, sin trabajar ni producir. Tampoco es
lo que le lleva a comprar todos los bienes de consumo de los
mercados para monopolizarlos y aumentar así sus precios. Por
último, este principio no le exige al capitalista que abra nuevos
mercados que violen y supriman la libertad, los derechos y la
dignidad de las naciones.
Todas estas terribles tragedias no fueron la consecuencia de la
propiedad privada, sino más bien del interés materialista
personal, que se convirtió en el estándar de vida del sistema
capitalista y en la justificación absoluta de todas las gestiones y
transacciones. No se puede esperar otra cosa de una sociedad
basada en este estándar individualista y esta justificación
egoísta excepto lo que sucedió.
Es de la naturaleza de dicho principio de donde provienen las
maldiciones y aflicciones que aquejan a toda la humanidad y
no del principio de la propiedad privada. Si se cambia este
estándar y se establece un nuevo objetivo, rectificado y acorde
con la naturaleza humana, se lograría el verdadero tratamiento
para el gran problema de la humanidad.
La explicación correcta del problema
Con el fin de que podamos llegar a la primera parte de la
explicación del problema social debemos preguntarnos acerca
del interés personal y materialista, que el sistema capitalista
considera un estándar, justificación y objetivo en sí mismo.
Por lo tanto, nos preguntamos ¿cuál fue la idea que validó este
estándar en la mentalidad democrática capitalista y cuál fue su
fuente de inspiración? En efecto, esta idea es la base real de las aflicciones sociales y lo
que levó al capitalismo democrático al fracaso en su intento de
lograr la felicidad humana y garantizar su dignidad.
Si pudiésemos eliminar esta idea, pondríamos fin a todas las
conspiraciones en contra del bienestar social y al sometimiento
de los derechos y libertades que le corresponden a la sociedad.
También podríamos utilizar la propiedad privada en aras del
bienestar y el desarrollo de la humanidad y para lograr su
avance en el ámbito industrial y en las áreas de producción.
¿Cuál es esta idea entonces?
Esta idea es básicamente la interpretación limitada de la vida
sobre la que Occidente erigió la imponente estructura del
capitalismo. Si cada individuo en la sociedad creyese que su
único escenario en esta vasta existencia es su propia vida
materialista, confiase en que goza de libertad para gestionarla y
explotarla y creyese que no es posible lograr otro propósito en
ella que no sea el placer que proporciona lo material; y si
además añadimos a estas creencias materialistas el amor
propio que es intrínseco a su naturaleza, no hay duda de que
ese individuo transitará el mismo camino que han transitado
los capitalistas y aplicará exactamente lo mismos métodos, a no
ser que una fuerza mayor le prive de su libertad y le prohíba
este camino.
El egoísmo es el instinto más antiguo y el más generalizado
que se conoce. El resto de instintos, incluido el de
supervivencia, son ramificaciones y subdivisiones del primero.
El egoísmo del ser humano, es decir, el amor por su propio
placer y su felicidad y la aversión por su propio dolor y
sufrimiento, es lo que le motiva a sobrevivir y a satisfacer sus
necesidades alimenticias y materiales.
Es por eso que un ser humano puede poner fin a su vida
suicidándose si considera que soportar el dolor de la muerte es
más fácil para él que enfrentarse al inmenso dolor de su vida. Por lo tanto, la naturaleza real, que se oculta detrás de toda
vida humana y la condiciona directamente, es el egoísmo, que
expresamos con nuestro anhelo por el placer y el odio al dolor.
No es posible imponer al ser humano que cargue
voluntariamente con la amargura del dolor sin que reciba
algún tipo de placer a cambio, para que otros puedan disfrutar
de los placeres y la comodidad, a menos que le hayan privado
de su humanidad y le hayan otorgado una nueva naturaleza
con la que no ansía el placer y no detesta el dolor.
Incluso las maravillosas formas de altruismo que observamos
en el ser humano y que han quedado constatadas a lo largo de
toda su historia, en realidad también están sujetas a esta fuerza
motriz principal que es el instinto egoísta. Un ser humano
puede preferir a un hijo o amigo sobre sí mismo y sacrificarse
para defender sus ideales o valores. Sin embargo, no llevará a
cabo ninguno de estos actos heroicos a menos que al realizarlos
sienta un placer personal y un beneficio tal que supere las
pérdidas resultantes del amor que siente por su hijo o amigo, o
de su sacrificio por defender algunos de los ideales en los que
creía.
Así pues, en términos generales, podemos etiquetar el
comportamiento humano de egoísta o altruista por igual. Los
seres humanos son muy propensos a deleitarse con multitud
de cosas; placeres materiales como la comida, la bebida, los
diversos placeres sexuales, o placeres espirituales como el
deleite emocional resultante de los valores morales, de una
práctica espiritual o de determinadas doctrinas. Esto sucede
cuando el ser humano considera que dichos valores, prácticas o
creencias forman parte de su existencia personal.
La propensión que dispone al ser humano para disfrutar de
estos placeres tan diversos, es diferente según la persona y su
grado de validez depende de las circunstancias de cada ser
humano, sus factores naturales y la educación recibida. Si bien nos encontramos con que algunas de estas tendencias
maduran en el ser humano de forma natural, como la
predisposición al placer sexual, encontramos al mismo tiempo
otras que pueden no aparecer a lo largo de la vida del ser
humano si no es con la intervención de factores educativos que
las ayuden a florecer y madurar.
El instinto egoísta, origen de todas estas propensiones,
determina el comportamiento humano de acuerdo al grado de
madurez de dichas predisposiciones. Esto es lo que impulsa a
un ser humano a acaparar alimentos mientras otros tienen
hambre, y es el mismo instinto el que lleva a un ser humano a
privarse de los alimentos para que otro coma.
Esto se debe a que en el primer caso la predisposición del ser
humano hacia los valores morales y emocionales que le llevan
ser altruista estaba oculta y el sujeto no ha tenido acceso a los
factores educativos que ayudan a fijarla y a desarrollarla.
Mientras que el otro, habiendo obtenido este tipo de educación,
disfruta de los valores morales y emocionales y sacrifica el
resto de los placeres en beneficio de estos últimos.
Por lo tanto, cuando queremos cambiar algún aspecto del
comportamiento humano, debemos cambiar primero su
concepto de placer y de utilidad, y luego introducir el
comportamiento deseado en el marco general del instinto
egoísta.
Si el instinto egoísta ocupa dicha posición en la realidad del ser
humano, si el yo, a los ojos de la gente, es una expresión de
poder limitada, y si el placer es una expresión de las alegrías y
delicias que puede ofrecer la materia, es natural que el ser
humano sienta que su oportunidad para obtener beneficios es
limitada, que el plazo es corto y que su objetivo en esta carrera
es adquirir la mayor cantidad de placer material.
Por eso, como es normal, el ser humano hace girar toda su vida
en torno al eje materialista, representado por el dinero. El dinero le brinda la oportunidad de alcanzar todos sus objetivos
y deseos. Esta es la secuencia normal, en la concepción
materialista, que conduce a una mentalidad capitalista
completa.
Ahora bien, ¿Cree usted que el problema puede ser resuelto
definitivamente si rechazamos el principio de la propiedad
privada pero mantenemos dichos conceptos materialistas de la
vida, como hicieron los pensadores comunistas?
¿Es posible que la sociedad se libre de la tragedia de estos
conceptos y asegure su felicidad y su estabilidad eliminando
únicamente la propiedad privada?
Hay que tener en cuenta que la felicidad y estabilidad
dependerá en gran medida de garantizar que los dirigentes no
se desviarán de sus objetivos y planes reformistas a la hora de
llevarlos a cabo. Se supone que los que están en dicha posición
comparten la misma concepción materialista de la vida sobre la
que se estableció el capitalismo. La diferencia reside en que, en
este caso, dichos conceptos fueron vertidos en nuevos modelos
filosóficos.
Así mismo, es razonable suponer que muy a menudo el interés
personal se interpondrá en el camino del interés colectivo y que
el individuo fluctuará entre la angustia y el dolor que supone
sacrificarse por los demás, y el beneficio y el placer que disfruta
a su costa. ¿Cómo garantizar la seguridad de la nación y sus
derechos, de la doctrina y sus objetivos, en unos tiempos tan
turbulentos para los gobernantes?
El interés personal no está representado exclusivamente por la
propiedad individual. De ser así, con la eliminación de la
propiedad privada estaríamos destruyendo la hipótesis que
hemos asumido. El interés personal está constituido por
diversos elementos y se manifiesta de numerosas formas. Las
revelaciones hechas por los actuales líderes comunistas en
relación con actos de traición cometidos por los gobernantes anteriores y la desviación de las metas adoptadas son una clara
demostración de lo que hemos dicho.
La clase capitalista controla la riqueza bajo los auspicios de la
economía liberal y las libertades individuales y la administra
con su mentalidad materialista. Cuando toda la riqueza es
nacionalizada y la propiedad privada es abolida, la riqueza es
entregada al mismo aparato del Estado. Este está constituido
por un grupo de personas que se guía por la misma concepción
materialista de la vida pero que se ve obligado a presentar el
interés personal como una actitud egoísta que hace que el ser
humano se niegue a renunciar al placer y al beneficio particular
sin obtener compensación alguna a cambio.
Mientras el interés material sea la fuerza dominante como
consecuencia de la concepción materialista de la vida, siempre
surgirán competencias y conflictos y la sociedad estará
expuesta a todo tipo de riesgos e injusticias.
Todo el peligro para la humanidad radica en estos conceptos
materialistas y en los objetivos y acciones que se derivan de
ellos. La unificación de las riquezas capitalistas, ya sean
grandes o pequeñas, en una riqueza mayor, cuya gestión se
entrega al Estado, sin que exista ningún tipo de evolución en la
mentalidad humana, no mitiga este peligro. Por le contrario,
convierte a todos los habitantes de la nación en los empleados
de una única empresa y encadena la vida y la dignidad de estas
personas a los presidentes y propietarios de dicha empresa.
Es cierto que esta empresa se diferencia de la empresa
capitalista en que los propietarios de esta última son los que se
apropian de sus beneficios, y los gastan según sus deseos. Por
el contrario, de acuerdo con lo impuesto por el sistema
socialista, los propietarios de la primera empresa no poseen
nada. Sin embargo, los intereses personales y la noción
materialista de la vida, que convierte estos intereses en un fin
por sí mismos y en una justificación, todavía están presentes en
ellos.

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