“Hombres de ciencia y hombres prehistóricos” – Gilbert Keith Chesterton

La ciencia tiene un punto débil con relación a la prehistoria prácticamente
imperceptible. Las maravillas actuales de la ciencia que todos admiramos son fruto de
una incesante recopilación de nuevos datos. En todos los inventos y en la mayoría de
los descubrimientos naturales los hechos evidentes se obtienen por medio de la
experimentación. Pero no se puede experimentar con la creación de un hombre, ni
sobre la observación de lo que los primeros hombres hicieron. Un inventor puede
avanzar paso a paso en la construcción de un avión, incluso experimentando
solamente con palillos y desechos de metal en su propio palio trasero. Pero le será
imposible observar la evolución del Eslabón Perdido en su propio patio trasero. Si
errara en sus cálculos, el avión corregirá su apreciación estrellándose contra el suelo.
Pero si cometiera un error acerca de los árboles que formaran el hábitat natural de sus
antepasados, no podría salir de su error viendo como su antepasado caía desplomado
de lo alto de sus ramas. No podría tener encerrado a un hombre de las cavernas como
un gato en el patio trasero y observarlo para ver si realmente practicaba el
canibalismo o convencía a su compañera a base de estacazos basándose en los
principios del matrimonio por captura. Tampoco podría tener encerrada una tribu de
hombres primitivos como una jauría de perros y observar hasta qué punto
manifestaban los instintos propios de la manada. Si viera un determinado pájaro
comportándose de una manera particular, podría coger otros pájaros y ver si se
comportaban de la misma manera. Pero si encontrara un cráneo, o un trozo de cráneo,
en el interior de una montaña, no podría multiplicarlo con intención de llenar todo un
valle con otros vestigios óseo similares. Al hablar de un pasado que ha desaparecido
casi por completo, sólo podría acceder a él por la evidencia y no por
experimentación. Y se puede decir que existen las suficientes evidencias como para
manifestar, incluso, hechos evidentes. Por ello, mientras la mayor parte de la ciencia
se mueve en una especie de curva, que constantemente se ve corregida por nuevas
evidencias, esta ciencia emprende el vuelo hacia el espacio en una línea recta no
corregida por nada. Pero la arraigada costumbre de extraer conclusiones, como las
que se podrían extraer en terrenos más fructíferos, se encuentra tan asentada en la
mentalidad científica que no puede resistir la tentación de hablar de esa forma. Y así,
nos habla de la idea que se extrae de un trozo de hueso como si se tratara de algo
como el avión, que se construye, al final, con montones de chatarra y trozos de metal.
El problema con el profesor de prehistoria es que no puede desguazar su chatarra. El
maravilloso y triunfante aeroplano se construye fundado en un centenar de errores. El estudioso de los orígenes sólo puede cometer un error y aferrarse a él.
Se suele hablar con razón de la paciencia de la ciencia, pero en este apartado sería
más acertado hablar de la impaciencia de la ciencia. Debido a la dificultad antes
descrita, el científico teórico se apresura demasiado en sus conclusiones. Nos
encontramos con una serie de hipótesis tan precipitadas que bien podríamos calificar
de fantasías, que en ningún caso permiten una ulterior corrección basada en los
hechos. El antropólogo más empirista se encuentra tan limitado en este punto como
un anticuario. Únicamente puede aferrarse a un simple fragmento del pasado y no
puede agrandarlo para el futuro. Su única opción es la de tomar su trocito de realidad,
casi de la misma forma que el hombre primitivo agarraría su trozo de sílex. Y lo trata
prácticamente de la misma manera y movido por las mismas razones: se trata de su
herramienta y su única herramienta, su arma y su única arma. Con frecuencia la
esgrime con un fanatismo muy alejado de la actitud de los hombres de ciencia cuando
pueden obtener más pruebas de la experiencia o añadir nuevos datos por la
experimentación. Algunas veces, el profesor con su hueso se convierte en algo casi
tan peligroso como un perro con su hueso. Con la diferencia de que el perro, al
menos, no deduce de él ninguna teoría que pruebe que la humanidad se esté
volviendo canina o provenga de los perros.
He señalado, como ejemplo, la dificultad que entraña tener encerrado un mono y
observarlo para ver como evoluciona al hombre. Siendo imposible la comprobación
empírica de dicha evolución, el profesor no se contenta —como lo haríamos la
mayoría de nosotros— con decir que dicha evolución es bastante probable. Nos
muestra su pequeño hueso o su pequeña colección de huesos y extrae de ella las
conclusiones más increíbles. Nos cuenta cómo descubrió en Java un trozo de cráneo
que, por la forma del contorno, parecía más pequeño que el cráneo humano. Cerca de
éste encontró un lémur perfectamente vertical y, esparcido por la zona, unos dientes
que no eran humanos. Si todos estos elementos pertenecieran a una misma criatura, lo
que es bastante dudoso, el concepto que sacaríamos de la misma sería, en cualquier
caso, poco fiable. Pero el efecto que esto produjo en la ciencia popular fue el de crear
un personaje completo y hasta complejo, acabado hasta los últimos detalles en cuanto
al cabello y a las costumbres. Se le asignó un nombre, como si se tratara de un
personaje histórico cualquiera. La gente hablaba del Pitecántropo con la misma
naturalidad que si hablara de Napoleón. Los artículos de divulgación mostraban
retratos de su persona concediéndoles el mismo crédito que a los retratos de un
Carlos I o un Jorge IV. Se realizó un dibujo detallado, minuciosamente sombreado,
para mostrar que los mismos pelos de su cabeza estaban todos contados. Ninguna
persona desconocedora del asunto podría imaginar, al ver aquel rostro
cuidadosamente delineado y aquellos ojos tristes, que aquello en el fondo era el
simple retrato de un fémur o de unos pocos dientes y un trozo de cráneo. Y la gente
hablaba de él como si fuera un individuo cuya influencia y cuyo carácter nos fuera
familiar a todos. Recientemente, leí un artículo de una revista hablando de Java, en el que se comentaba cómo los actuales habitantes de la isla se ven irremediablemente
avocados a actuar mal por la influencia de su pobre antepasado Pitecántropo. Puedo
admitir sin problema que los modernos habitantes de Java actúen mal por sí mismos,
pero no creo que necesiten justificar su actitud por el descubrimiento de unos cuantos
huesos de muy dudosa procedencia. En cualquier caso, aquellos huesos son
demasiado escasos, fragmentarios y dudosos como para llenar el vasto vacío que se
da tanto en lo racional como en lo real entre el hombre y sus antecesores animales, si
es que éstos fueron sus antecesores. Bajo la hipótesis de tal conexión evolucionista —
una conexión que no tengo el menor interés en negar—, lo verdaderamente llamativo
y digno de mención es el hecho de que no exista en aquel lugar ningún tipo de resto
que pueda arrojar alguna luz sobre esta conexión. Darwin admitió este hecho y por
ello se empezó a utilizar el término Eslabón Primero. Pero el dogmatismo de los
darwinianos ha sido demasiado fuerte frente al agnosticismo de Darwin, y los
hombres han caído insensiblemente en la trampa de convertir este término —
totalmente negativo— en una imagen positiva. Y hablan de investigar las costumbres
y el hábitat del Eslabón Perdido, como quien conociera al dedillo las escenas
inexistentes del guion de una novela o los vacíos de una argumentación o, como
quien se planteara salir a cenar con una incógnita.
Así pues, en este esbozo del hombre en su relación con ciertos problemas
históricos y religiosos, no emplearé más tiempo en especulaciones sobre la naturaleza
del hombre antes de que fuera hombre. Su cuerpo puede haber evolucionado de los
animales, pero no sabemos nada de dicha transición que arroje la menor luz acerca de
su alma, tal como se manifiesta en la historia. Desgraciadamente, unos escritores tras
otros siguen el mismo estilo de razonamiento en lo que se refiere a los primeros
vestigios de la existencia de los hombres primitivos. Estrictamente hablando, no
sabemos nada de los hombres prehistóricos por la sencilla razón de que eran
prehistóricos. La historia del hombre prehistórico es una evidente contradicción en
los términos. Es ese tipo de sinrazón al que sólo los racionalistas pueden acogerse. Si
a mil sacerdotes en su predicación se les ocurriera comentar que el Diluvio fue
antediluviano, probablemente suscitarían comentarios irónicos acerca de su lógica. Si
a un obispo se le ocurriera decir que Adán fue preadamita, provocaría en nosotros
cierta extrañeza. Pero se supone que no somos capaces de notar las trivialidades
formuladas por los historiadores escépticos cuando hablan de esa parte de la historia
que es prehistórica. El hecho es que estos historiadores utilizan los términos histórico
y prehistórico sin un claro análisis o definición en sus mentes. Lo que quieren decir
es que existen rastros de vidas humanas anteriores al comienzo de las crónicas de la
humanidad, y, en ese sentido, sabemos al menos que la humanidad fue anterior a la
historia.
La civilización es anterior a los vestigios humanos. Éste es el punto de partida
adecuado para plantear nuestras relaciones con el pasado. La humanidad nos ha
dejado ejemplos de otras habilidades anteriores al arte de la escritura o, al menos, de las escrituras que somos capaces de leer. Pero no hay duda de que las artes primitivas
eran artes, y es muy probable que las civilizaciones primitivas fueran civilizaciones.
El hombre primitivo nos legó una pintura del reno, pero no nos dejó una narración
acerca de cómo cazaba los renos y, por tanto, lo que afirmamos de él es hipótesis y no
historia. Pero su arte era bastante artístico. Su dibujo manifiesta mucha inteligencia, y
no hay por qué dudar de que su relato acerca de la caza fuera igualmente inteligente,
aunque de existir, no sería fácil de entender. Es decir, que un período prehistórico no
tiene por qué significar un periodo primitivo, en el sentido de ser un periodo
caracterizado por la barbarie o la brutalidad. No se refiere al periodo anterior a la
civilización, a la aparición de las artes o la artesanía, sino al periodo que precede a la
aparición de escritos que estamos en condiciones de descifrar. Este hecho marca la
diferencia práctica que existe entre recuerdo y olvido. Pero es perfectamente posible
que hubieran existido todo tipo de formas de civilización olvidadas junto a todo tipo
de olvidadas formas de barbarie. En cualquier caso, todo indica que muchas de estas
olvidadas o medio olvidadas etapas de la civilización eran mucho más civilizadas y
menos bárbaras de lo que la mayoría de la gente se imagina. El problema es que sobre
estas historias no escritas de la humanidad, cuando la humanidad era muy
probablemente humana, no es posible hacer sino conjeturas, sumidos en las mayores
dudas y precauciones. Y, desgraciadamente, la duda y la precaución no son el camino
preferido por los partidarios del evolucionismo laxo de la cultura actual. Pues dicha
cultura está llena de curiosidad y lo único que no puede soportar es la agonía del
agnosticismo. Fue en la época de Darwin la primera vez que esta palabra se hizo
famosa y la primera vez que este asunto se volvió imposible.
Es preciso decir claramente que toda esta ignorancia se cubre bajo una capa de
desvergüenza. Se hacen afirmaciones con tanta apariencia de normalidad y
cientificismo que a la gente apenas le quedan ganas de detenerse a reflexionar y darse
cuenta de que se trata de afirmaciones sin fundamento. El otro día, sin ir más lejos, un
resumen de carácter científico, al hablar de las condiciones en las que vivía una tribu
prehistórica, comenzaba con las palabras: «No iban vestidos». Probablemente, de
cien lectores ni uno solo se paró a pensar cómo se puede llegar a la conclusión de si
iban o no vestidas, unas personas de las que no nos queda más vestigio que unos
trozos de hueso o de piedra. Esperaban, sin duda, que encontraríamos algún sombrero
de piedra, como encontramos el hacha. La afirmación encerraba, evidentemente, la
esperanza de que, con el tiempo, llegarían a descubrirse unos pantalones de duración
eterna, de la misma sustancia que la roca. Pero a personas con un temperamento
menos sanguíneo, les resultaría inmediatamente evidente que aquella gente pudiera
llevar unos sencillos ropajes, o incluso ropas más elegantes, sin necesidad de que
hubieran dejado más rastro de los mismos que el que nos han legado los hombres
primitivos. El trenzado de hierbas y juncos, por ejemplo, pudo ser objeto de una
mejor elaboración con el correr del tiempo, sin necesidad de alargar por ello
eternamente la vida de los tejidos. Una civilización se podría haber especializado en cosas que luego no dejaran rastro, como el tejido o el bordado, y no en cosas que
fueran permanentes, como la escultura o la arquitectura. Son múltiples los ejemplos
de este tipo de sociedades especializadas. Aplicando el mismo criterio, una persona
que viviera en el futuro y se encontrara las ruinas de la maquinaria de una de nuestras
fábricas, podría llegar a la conclusión de que estábamos familiarizados con el hierro y
con ningún otro tipo de material, y se apresuraría a revelar el descubrimiento de que
el propietario y administrador de la fábrica iba, indudablemente, desnudo, o es
posible que vistiera pantalones y sombrero de metal. No es mi intención sostener aquí
que los hombres primitivos iban vestidos o que se dedicaran a la elaboración de
tejidos, sino que no tenemos suficientes pruebas que nos permitan afirmar o negar el
hecho. Pero merece la pena detenerse un instante en algunos de los escasos detalles
que conocemos y de los que existe constancia. Si reflexionamos un poco ante ellos,
nos daremos cuenta de que no son incompatibles con la idea del vestido y el decoro
externo. No sabemos si adornaban otras cosas o si realizaban bordados y, si los
realizaron, hay pocas probabilidades de que perduraran en el tiempo. Lo que sí
sabemos es que dibujaron pinturas, y éstas han permanecido hasta el día de hoy. Y,
con ellas, como vimos anteriormente, perdura el testimonio de un hecho de carácter
singular y absoluto, algo que pertenece al hombre, y a nadie más salvo a él. Hay una
diferencia de género y no de grado. No se trata de que el mono haga dibujos absurdos
y, en cambio, el hombre los haga razonables. No es que el mono marque el comienzo
del arte de la representación y el hombre continúe su tarea perfeccionándola. El mono
no hace nada de eso: ni lo empieza, ni manifiesta el menor signo de comenzarlo.
Antes de que el primer débil trazo se plasme en el arte, una línea de origen extraño se
cruza en su camino.
Hay otro destacado escritor que, al comentar los dibujos de renos atribuidos a los
hombres del neolítico, no duda en afirmar que tras aquellas pinturas no se trasluce
ningún propósito religioso, lo que lo lleva a concluir que aquellos hombres no
practicaban la religión. Me cuesta imaginar un hilo de argumentación más estrecho
que éste, que reconstruye las disposiciones interiores más profundas de la mente del
hombre primitivo, del hecho de que a alguien —que ha pintado unos pocos dibujos
sobre la roca por un motivo que desconocemos, con una finalidad que desconocemos
e influido por unas costumbres y convencionalismos que nos son ajenos— pueda
haberle resultado más fácil dibujar unos renos que un elemento religioso. Quizá
dibujó aquello por ser su símbolo religioso o quizá porque no lo era. Fácilmente
podría haber dibujado su verdadero símbolo religioso en cualquier otro lugar, o quién
sabe si no lo destruiría deliberadamente después de dibujarlo. Podría haber hecho o
dejado de hacer un millón de cosas. En cualquier caso, se produce un salto de lógica
increíble al concluir que el hombre primitivo no tenía ningún símbolo religioso y
deducir a continuación de este hecho que no practicaba la religión. Ahora bien, este
caso particular parece ilustrar con gran claridad la poca consistencia de esas
conjeturas. Poco tiempo después, la gente descubrió, no sólo pinturas, sino esculturas de animales dentro de las cuevas. Algunas de ellas parecían estar dañadas, con
abolladuras o agujeros que atribuyeron a la marca dejada por algún impacto de
flecha. Se plantearon la hipótesis de que aquellas imágenes fueran los restos de algún
rito mágico que consistiera en matar animales en efigie, mientras que las figuras
intactas se explicarían mediante otro rito mágico para invocar la fertilidad sobre los
ganados. Nos encontramos de nuevo con el hecho particularmente gracioso de la
costumbre científica de ver las cosas desde los dos lados. Si la imagen está dañada
prueba la existencia de una superstición, mientras que si no lo está, prueba la
existencia de otra. Y nos volvemos a encontrar con un imprudente salto a las
conclusiones. Naturalmente, no se les ha ocurrido a este grupo de especuladores que
un grupo de cazadores refugiados al abrigo del invierno en el interior de una cueva,
pudieran pasar el rato probando la puntería, como una especie de entretenimiento
primitivo entre colegas. En todo caso, si lo hacían por superstición, ¿qué ocurre
entonces con la tesis que sostenía que aquellos objetos nada tenían que ver con la
religión? La verdad es que toda esa suposición nada tiene que ver con nada. Sus
conclusiones ni siquiera son comparables al entretenimiento de unos amigos
disparando flechas sobre la talla de un reno: lo suyo no es sino disparar flechas en el
aire.
Tales especulaciones tienden a olvidar, por ejemplo, que los hombres actuales a
veces hacen también sus marcas en las cuevas. El paso de un multitudinario grupo de
turistas por la Gruta de las Maravillas u otras cuevas semejantes, suele dejar tras de sí
un curioso rastro de jeroglíficos, iniciales o inscripciones que los más entendidos
rehúsan reconocer como algo perteneciente a épocas remotas. Pero llegará el
momento en que esas inscripciones pertenecerán realmente a épocas remotas. Y si los
profesores del futuro conservaran algún parecido con los actuales podrían deducir una
enorme cantidad de detalles vivos e interesantes de aquellos grabados de nuestro
siglo. Y, si no conozco mal a la raza humana, y no pierde ésta la confiada actitud de
sus predecesores, descubrirán los hechos más increíbles acerca de nosotros a la vista
de las iniciales dejadas en aquella Gruta por «Ana» y «Alberto», probablemente, en
forma de dos «A» entrelazadas. De este hecho aislado, deducirán: 1) que, puesto que
las letras están toscamente escritas con una navaja de bolsillo no afilada, nuestro siglo
se caracterizó por tener herramientas de tallado poco definidas y por no estar
familiarizado con el arte de la escultura. 2) Que puesto que las letras eran
mayúsculas, nuestra civilización nunca desarrolló letras más menudas o algo parecido
a la escritura cursiva. 3) Que puesto que las consonantes iniciales aparecen juntas de
forma impronunciable, nuestra lengua posiblemente tenía afinidades con el galés o
quizá pertenecía al tipo de los primitivos semitas que ignoraban las vocales. 4) Que
puesto que las iniciales de Ana y Alberto no parecen indicar de ninguna manera un
contenido religioso, nuestra civilización no tendría religión. Quizá sea esto lo que
más se acerque a la realidad pues, qué duda cabe, que una civilización religiosa
habría dado muestras de un poco más de sentido común.

Suele decirse, en esta misma línea de argumentación, que la religión hizo su
aparición de un modo lento y gradual, e incluso, que no tuvo su origen en una única
causa sino en una combinación de elementos que podríamos denominar coincidencia.
En general los elementos principales que intervendrían en dicha combinación se
reducen a tres: el temor hacia el jefe de la tribu —a quién H. G. Wells insiste en
denominar con lamentable familiaridad: «Venerable»—; los fenómenos en torno a los
sueños; y los ritos sacrificiales y símbolos asociados a la cosecha, como el germinar
del trigo para la resurrección. Confieso que me parece una psicología de muy dudosa
entidad la de aquél que asocia un único ser vivo a tres causas muertas inconexas, si
fuera tan sencillo que se dieran. Supongamos que Wells, en una de sus apasionantes
novelas futuristas, nos hablara del surgimiento de una nueva y misteriosa pasión en
los hombres; una pasión capaz de hacer soñar al hombre como lo haría con su primer
amor, y por la que sería capaz de morir, como muchos son capaces de morir un
defensa de su bandera y de su patria. Creo que nos quedaríamos un poco perplejos si
nos dijera que este singular sentimiento era el efecto de una combinación entre el
hábito de fumar, el crecimiento del impuesto de la renta y el placer de un motorista
sobrepasando el límite de velocidad. Es algo difícil de imaginar, teniendo en cuenta
que no es posible bailar ningún elemento de conexión o sentimiento común que
pueda abarcarlos a todos. De la misma forma, nadie podría imaginar alguna conexión
entre el trigo, los sueños y un viejo anciano con una lanza, a menos que existiera ya
un sentimiento común que los englobara a todos. Pero, aun en el caso de que éste
existiera, sólo podría tratarse de un sentimiento de urden religioso y aquellas
realidades no podrían constituir la raíz de un sentir religioso ya existente. Creo que
cualquier persona con sentido común aceptará que es más probable que el
sentimiento místico existiera con anterioridad y que, a lux de este sentir religioso, los
sueños, los reyes y los campos de trigo adoptaran esa apariencia mística, como
pueden adoptarla en la actualidad.
En el fondo, todo esto no constituye más que un engaño por el que, haciéndonos
ver las cosas a distancia y deshumanizadas, se pretende no entender cosas que
resultan comprensibles a cualquiera. Es como decir que el hombre primitivo tenía la
fea y grosera costumbre de abrir la boca cada poco para llenarla de extrañas
sustancias, como si nunca hubiéramos oído hablar de comer. O como decir que los
terribles trogloditas de la Edad de Piedra levantaban alternativamente cada una de las
piernas con un movimiento de rotación, como si nunca hubiéramos oído hablar de
caminar. Si lo que se pretendiera es tocar el nervio místico, para despertar en nosotros
el asombro ante el hecho de caminar y de comer, podríamos aceptarlo como un relato
legítimo. Pero como lo que se pretende aquí es matar el nervio místico y adormecer
nuestros sentidos ante la maravilla de la religión, no vienen a ser más que tonterías
irracionales. Se pretende encontrar algún elemento incomprensible en tinos
sentimientos que todos comprendemos. ¿Quién no encuentra misteriosos los sueños y
no siente que se bailan en la oscura frontera de la existencia? ¿Quién no percibe en la muerte y el resurgir perpetuo de los seres que habitan en la tierra un escondido
secreto del universo? ¿Quién no es capaz de entender que un carácter sagrado ha de
rodear siempre la autoridad y la solidaridad que constituyen el alma de la tribu? Si
encontráramos algún antropólogo que pensara que éstas son ideas trasnochadas e
inverosímiles, no se podría decir otra cosa de él, salvo que su mentalidad no sería tan
abierta como la del hombre primitivo. A mí me resulta indudable que sólo un
sentimiento espiritual ya presente, sería capaz de revestir de un carácter sagrado
elementos tan desconexos y tan diversos. Decir que la religión emanó de reverenciar
a un jefe o de sacrificar por la cosecha es como poner un carro extraordinariamente
elaborado, delante de un caballo verdaderamente primitivo. Es como decir, que el
impulso que llevó a dibujar al hombre primitivo arrancó de la contemplación de los
renos pintados en la cueva. En otras palabras, es como explicar el arte o la pintura
diciendo que surgió de la obra misma de los pintores, o explicar el arte diciendo que
surgió del arte. Más aún, es como decir que la poesía surgió por efecto de ciertas
costumbres, como la de una oda oficial compuesta para celebrar el advenimiento de
la primavera, o la composición de un joven levantándose habitualmente a escuchar el
sonido de la alondra y anotando después sus impresiones sobre un trozo de papel. Es
cierto que los jóvenes, con frecuencia, se vuelven poetas al llegar la primavera, y
también es cierto que una vez que hay poetas, ningún poder mortal puede evitar que
escriban acerca de la alondra. Pero los poemas no existen antes que los poetas. La
poesía no surgió de las formas poéticas. En definitiva, no parece una respuesta muy
adecuada para explicar cómo una cosa surge por primera vez, decir que ya existía
previamente. Y, de la misma forma, no podemos decir que la religión surgió de las
formas religiosas, pues es sólo otra forma de decir que surgió cuando ya existía
previamente. Era necesaria una inteligencia particular para darse cuenta de que algo
místico se encerraba tras los sueños o la muerte, lo mismo que era necesaria una
inteligencia particular para darse cuenta de que había algo poético en torno a la
alondra o la primavera. Esa inteligencia era lo que supuestamente llamamos mente
humana, una mente apenas diferenciada de la actual, pues, hoy como entonces,
seguimos encontrando místicos que meditan sobre la muerte y sobre los sueños, y
también poetas inspirados por la primavera y las alondras. Pero no existe el menor
indicio que nos induzca a pensar que existe alguna otra cosa que no sea la mente
humana que conocemos, que sea capaz de percibir unas asociaciones místicas
semejantes. Ninguna vaca parece obtener algún partido de carácter lírico de sus
inmejorables oportunidades de escuchar a la alondra. Ni parece haber ninguna razón
para suponer que las ovejas vivas empezarán en algún momento a utilizar las ovejas
muertas, como fundamento de un elaborado sistema para reverenciar a sus
antepasadas. Es cierto que en la primavera, la imaginación de un joven cuadrúpedo
puede volverse ligeramente sensible a la consideración del amor. Sin embargo, nunca
en las sucesivas primaveras se ha demostrado capaz de traducir aquello en
pensamientos literarios. De igual modo, aunque es cierto que el perro parece tener sueños mientras el resto de cuadrúpedos no parecen tenerlos, hemos esperado durante
mucho tiempo que los desarrolle en un sistema elaborado o en un ritual religioso.
Tanto hemos esperado ya, que hemos dejado de esperar que lo hagan, y hemos dejado
de mirar al perro, tanto para ver cómo aplica sus sueños a la construcción de iglesias,
como para someter sus sueños a las reglas del psicoanálisis. Resulta obvio, en
resumen, que por una u otra razón, estas experiencias naturales —a veces no exentas
de una cierta emoción— nunca atraviesan la línea que las separa de la expresión
creativa que se manifiesta en el arte o en la religión en ninguna criatura salvo en el
hombre. Nunca la atraviesan, nunca la manifiestan y todo parece indicar que nunca lo
liarán. No es imposible —en el sentido de que sea contradictorio— el hecho de que
viéramos unas vacas privándose de la hierba todos los viernes o doblando sus
rodillas, como en la antigua leyenda acerca de la Nochebuena. En el mismo sentido,
tampoco sería imposible que las vacas percibieran la muerte hasta el punto de elevar
al cielo un sublime cauto de lamento en honor de una vaca Fallecida tras largos años
de existencia. Y, en ese sentido, podrían expresar sus esperanzas de felicidad celeste
con una danza simbólica en honor de la vaca que saltó sobre la luna. Podría ocurrir
que el perro hubiera acumulado finalmente tal cantidad de sueños que fuera capaz de
construir un templo a Cerbero, como una especie de trinidad canina. Podría ser que
sus sueños hubieran empezado a convertirse en visiones acompañadas de alguna
revelación sobre la Estrella Perro, el hogar espiritual de los perros desahuciados.
Todo esto es posible desde el punto de vista lógico, en cuanto que es bastante difícil
probar, desde este punto de vista, el universal negativo que llamamos imposibilidad.
Pero ese instinto hacia lo improbable que llamamos sentido común, nos debería haber
advertido hace mucho tiempo que los animales, a juzgar por las apariencias, no
parecen evolucionar en ese sentido, y que es probable que no tengamos ninguna
prueba evidente del paso de la experiencia animal al ámbito de la experiencia
humana. Realmente, la primavera, la muerte e incluso los sueños, en cuanto
experiencias sin más, son experiencias tan suyas como nuestras. Y lo único que
podemos concluir es que dichas experiencias, en cuanto tales, no provocan nada
parecido al sentido religioso en ninguna inteligencia salvo en la nuestra. Retornamos
ahora a la consideración de esa inteligencia viva y solitaria. Era algo único y podía
formular credos, lo mismo que pintar dibujos. Los elementos necesarios para la
religión han permanecido allí innumerables épocas, lo mismo que los necesarios pura
cualquier otra cosa. Pero el poder de la religión residía en la mente. El hombre era ya
capaz de advertir en las cosas los mismos enigmas, síntomas y esperanzas que aún
distingue en la actualidad. Era capaz no sólo de soñar, sino de soñar en los sueños.
Era capaz de contemplar no sólo los muertos sino también su sombra. Y gozaba de
esa misteriosa naturaleza mística que encuentra siempre en la muerte un hecho
increíble.
Ciertamente, estos indicios que hacen pensar en el hombre se manifiestan cuando
el hombre aparece indiscutiblemente como tal. Pero no podemos afirmar esto, ni ninguna otra cosa, acerca del supuesto animal que sería el punto de conexión entre el
hombre y las bestias. Y esto ocurre, sencillamente, porque no estamos tratando de un
animal sino de una suposición. No podemos asegurar que el Pitecántropo adorara
alguna vez algún dios, por el simple hecho de que no estamos seguros de su
existencia. Se trata sólo de una visión utilizada para llenar el vacío que existe entre
las primeras criaturas que fueron verdaderamente seres humanos y otras criaturas que
ciertamente son monos u otros animales. Se reúnen unos pocos fragmentos, de muy
dudosa procedencia, y se sugiere la existencia de dicha criatura intermedia, porque
así lo requiere una determinada filosofía, pero nadie los considera suficientes para
sentar ningún planteamiento filosófico, ni siquiera en apoyo de esa filosofía. Un trozo
de cráneo encontrado en Java no puede dar pie a conclusiones como la presencia de la
religión o la ausencia de la misma. Si alguna vez existió dicho hombre-mono, podría
haber mostrado tanto carácter ritual en lo religioso como un hombre, o tanta
simplicidad en la religión como un mono. Podría haber sido un mitólogo o un mito.
Sería interesante investigar si esta cualidad mística apareció en una transición del
mono al hombre, si es que hubiera algún tipo de transición sobre la que investigar. En
otras palabras, el Eslabón Perdido podría ser o podría no ser místico, siempre y
cuando no se encontrara perdido. Pero comparado con las pruebas evidentes que
tenemos de los seres humanos reales, no tenemos ninguna prueba de que aquél fuera
un ser humano, medio humano o de que se tratara de un ser vivo en absoluto. Ni los
evolucionistas más radicales se atreven a deducir, partiendo de aquél, una idea
evolucionista sobre el origen de la religión. Hasta en sus intentos de probar que la
religión tuvo un desarrollo gradual desde unas fuentes primitivas o irracionales,
parten siempre de los primeros hombres que fueron hombres. Pero lo único que
consiguen probar es que los hombres que eran ya hombres, eran al mismo tiempo
místicos. Utilizaban elementos primitivos e irracionales como sólo los hombres y los
místicos pueden utilizarlos. Y volvemos, una vez más, a la verdad sencilla: que, en
algún momento del tiempo, demasiado remoto para que los críticos lo puedan
rastrear, se habría producido una transición de la que los huesos y las piedras no
pueden, por su propia naturaleza, ser testigos. Y el hombre se convirtió en un alma
viviente.
Sin duda, los que tratan de explicar el origen de la religión de esa manera, siguen
un camino equivocado. Algo en su subconsciente les dice que alargando ese proceso
de forma gradual y casi invisible se desvirtúa un hecho formidable. Y lo cierto es que
esa perspectiva falsifica totalmente la realidad de la experiencia. Juntan dos
realidades totalmente diferentes, de un lado los aislados indicios de orígenes
evolucionistas, y de otro, el sólido y evidente bloque de la humanidad, y modifican su
punto de vista hasta conseguir ver a ambos en una única línea curvada. Pero no
consiguen más que una ilusión óptica. No existe una relación entre los hombres y los
monos —o los eslabones perdidos— en una sucesión en cadena como la que forman
los hombres en relación a los hombres. Es posible que hayan existido criaturas intermedias cuyos débiles vestigios puedan encontrarse en algún lugar dentro del
inmenso vacío. Es posible que estos seres, si alguna vez existieron, fueran una
realidad muy diferente a los hombres, u hombres muy diferentes a nosotros. Pero en
ningún caso podemos afirmar esto de esos hombres prehistóricos a los que
denominamos hombres de las cavernas. Los hombres prehistóricos eran realidades
exactamente iguales a los hombres, y hombres extremadamente parecidos a nosotros.
Lo único que ocurre, es que no sabemos gran cosa de ellos por la sencilla razón de
que no nos han dejado ningún relato o testimonio escrito. Sin embargo, todo lo que
sabemos sobre ellos les hace tan corrientes y tan humanos como los hombres que
pudieron formar parte de un señorío medieval o de una ciudad griega.
Al mirar en perspectiva el amplio horizonte de la humanidad, percibimos esa
realidad como algo humano. Para reconocer en ella un animal, deberíamos haber
detectado antes algo anormal. Si probáramos a mirar la realidad por el otro extremo
del telescopio —como más de una vez he intentado en estas reflexiones— y
tratáramos de ver esa figura humana proyectada en un mundo no humano, lo único
que podríamos decir es que uno de los animales claramente se había vuelto loco. Pero
viendo la situación desde el lado correcto, o mejor, desde el interior, llegamos a la
conclusión de que es cordura, y de que aquellos hombres primitivos eran cuerdos.
Dondequiera que miremos: salvajes, extranjeros, personajes históricos…, siempre
encontramos un elemento humano común a todos ellos. Todo lo que deducimos de la
leyenda primitiva y lo que sabemos de la vida de los bárbaros, por ejemplo, respalda
la existencia de un cierto principio o idea mística que tiene su manifestación más
clara en el vestido. Pues el vestido es literalmente una indumentaria y el hombre la
lleva porque es sacerdote. En este aspecto, el hombre, en cuanto animal, se diferencia
también del resto de los animales. La desnudez no está en su naturaleza, no le
acompaña durante su vida sino más bien a la hora de su muerte, como el sentido
popular ha dado en reflejar con la expresión «morir de frío». Pero el vestido se lleva
por dignidad, decencia o elegancia, aun cuando no se utilice para proteger del frío.
Algunas veces parece que la gente lo valora más como ornamento que como algo
necesario y tienden a asociarlo casi siempre con el decoro. Los convencionalismos de
este tipo varían mucho según las circunstancias. Hay algunos que no son capaces de
salvar esta reflexión y ello les parece suficiente argumento para dejar todos los
convencionalismos de lado. Son los mismos que no se cansan de repetir, con sencilla
expresión de asombro, que la forma de vestir es diferente en las Islas Caníbal
[14] y en
Camden Town
[15]
. Y no son capaces de ir más allá, rechazando desesperadamente la
idea del pudor. Es como si dijeran que, puesto que ha habido sombreros de formas
muy diversas —y algunas de ellas bastante curiosas—, por esa misma razón, los
sombreros carecerían de importancia o no existirían: a lo que no dejarían de añadir
que tampoco existirían la insolación o la calvicie. En todas partes, el hombre ha
percibido siempre la necesidad de unas normas que sirvan para limitar y proteger
ciertas cosas pertenecientes a la intimidad, frente a la burla o una malintencionada actitud, y han entendido la necesidad de observar esas normas, cualesquiera que
fueran, en pro de la dignidad y el respeto mutuo. El hecho de que estas normas,
remontándonos a un pasado más o menos remoto, estén ligadas principalmente a las
relaciones entre los dos sexos, nos revela dos hechos que es necesario ubicar en el
mismo comienzo de la raza humana. El primero es el hecho de que el pecado original
es realmente original, no sólo desde el punto de vista de la teología sino también de la
historia. Independientemente de lo dispar que pueda ser la opinión de los hombres
respecto a otras cosas, todos coinciden en pensar que algo ocurre con la humanidad.
El sentido del pecado ha hecho imposible ser natural y no llevar ropa, lo mismo que
ha hecho imposible ser natural y no sujetarse a ninguna ley. Pero, sobre todo, vamos a
encontrar este sentido del pecado en otro hecho. Un hecho que es padre y madre de
todas las leyes, por cuanto está fundado en un padre y una madre. Un hecho que es
anterior a todos los reinos y a todas las comunidades.
Ese hecho es la familia. En este punto, de nuevo es preciso mantener las enormes
proporciones de algo normal a salvo de modificaciones, graduaciones y dudas más o
menos razonables, como las nubes que se ciernen sobre una montaña. Es posible que
lo que llamamos familia tuviera que abrirse camino por entre diversas anarquías o
aberraciones, pero ciertamente sobrevivió a todas ellas, y es tan probable como
improbable que las precediera a todas, Como veremos en el caso del comunismo y
del nomadismo, junto a sociedades que habían adoptado una forma determinada
pudieron darse y de hecho se dieron en otras comunidades sin forma establecida. Pero
no hay ninguna prueba que demuestre que dichos estados informes precedieran a las
sociedades civilizadas. Lo verdaderamente esencial es el hecho de que la presencia de
una forma es más importante que la ausencia de la misma y que la materia que
llamamos humanidad ha adoptado esta forma. Por ejemplo, de las normas que giran
alrededor del sexo, a las cuales aludimos recientemente, ninguna es más curiosa que
la costumbre salvaje comúnmente llamada convade
[16]
. Parece como una ley salida de
un mundo invertido en donde el padre es tratado como si fuera la madre. El sentido
místico del sexo se encuentra claramente implícito, pero muchos han sostenido que se
trata de un acto simbólico, por el que el padre acepta la responsabilidad de la
paternidad. En ese caso, esa grotesca farsa es realmente un acto muy solemne, pues es
el fundamento de lo que llamamos familia y de lo que conocemos como sociedad
humana. Algunos, caminando a tientas por estos oscuros comienzos, han llegado a
decir que la humanidad se encontró en algún momento bajo un matriarcado. Supongo
que bajo un matriarcado no se le llamaría humanidad sino feminidad. Pero otros
mantienen que lo que se conoce como matriarcado no fue más que una anarquía
moral en la que la madre se quedaba sola porque todos los padres eran huidizos e
irresponsables. Llegó entonces el momento en el que el hombre decidió guardar y
guiar lo que él mismo había creado. Y se convirtió en cabeza de familia, no como un
tirano, con una poderosa estaca con la que golpear a las mujeres, sino como una
persona respetable tratando de comportarse responsablemente. Todo esto podría ser perfectamente cierto, e incluso podría haber sido el primer acto de familia. También
sería cierto que el hombre, en aquel momento, actuó por primera vez como un
hombre y, por lo tanto, se hizo por primera vez plenamente hombre. Pero también es
posible que el matriarcado, la anarquía moral, o como se quiera llamar, fuera sólo uno
de los cientos de disoluciones sociales o regresiones bárbaras que pudieron haber
ocurrido, a intervalos, en la prehistoria, como ciertamente sucedieron en la época
histórica. Un símbolo como el convade —si es que realmente fue un símbolo—,
quizás conmemore, no el primer brote de una religión, sino la supresión de una
herejía. No podemos concluir con ninguna certeza acerca de estos temas, a no ser los
grandes resultados obtenidos en la edificación de la humanidad; lo que sí podemos
decir es en qué estilo está construida la mayor parte y lo mejor de la misma. Podemos
afirmar que la familia es la unidad del estado; la célula que permite su formación. A
su alrededor se da todo ese complejo de virtudes humanas que separa al hombre de la
abeja y de la hormiga. El pudor es la tela que cubre dicha tienda. La libertad es el
muro de dicha ciudad. La propiedad no es sino el ámbito familiar. Y el honor no es
sino su blasón.
En el acontecer práctico de la historia humana, volvemos al hecho fundamental
del padre, la madre y el niño. Como ya dijimos anteriormente, si la historia del
hombre no puede empezar con unos presupuestos religiosos, debería empezar con
algún presupuesto metafísico o moral, o no tendrá ningún sentido. Y éste es un buen
ejemplo de la necesidad de dicha alternativa. Si no somos de los que empiezan por
invocar una Trinidad divina, nos veremos obligados a invocar una Trinidad humana y
ver ese triángulo repetido por todas partes en el modelo del mundo. Pues el
acontecimiento más grande de la historia, al que toda la historia dirige su mirada y
encauza su paso es, sencillamente, algo que es, al mismo tiempo, el reverso o una
nueva forma de ese triángulo. O más bien el mismo triángulo superpuesto, de tal
forma que se intersecta con el otro formando una sagrada estrella de cinco puntas
que, en un sentido más elevado que la de los magos, hace temer a los demonios. La
vieja trinidad estaba formada por el padre, la madre y el niño y se conoce como la
familia humana. La nueva Trinidad está formada por el Niño, la Madre y el Padre, y
tiene por nombre la Sagrada Familia. No se da ninguna alteración, salvo que los
términos se han invertido. Igual que el mundo que es transformado no presenta
ninguna diferencia, salvo el hecho de que se va a ver invertido.

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