Abd al Mu’min, primer gobernante almohade en la península Ibérica

Primer emir de la dinastía almohade (1130-1163), nacido en el año 1095, en la aldea de Tagra, próxima a Tlemecén (Argelia), por aquellos años perteneciente a los dominios de la dinastía hammadí, y muerto el 12 de mayo del año 1163, en Tinmal (Marruecos). Culminó la obra emprendida por el líder religioso del movimiento, Ibn Tumart, al crear las bases para el desarrollo territorial que llevaron a cabo sus dos inmediatos sucesores, quienes forjaron un imperio inmenso que abarcaba los territorios comprendidos desde el Gran Atlas hasta la Tripolitana, en África, y buena parte de la península Ibérica.

Miembro de la tribu beréber de los zannata e hijo de un simple alfarero de Tlemecén, fue captado para la causa almohade cuando Ibn Tumart regresaba de su larga estancia por varias ciudades del este islámico, hasta llegar a convertirse en su más fiel seguidor y en el brazo armado del movimiento religioso-político que habría de conquistar a los almorávides todo el Magreb central y occidental y al-Andalus. En la ciudad de Tinmal, centro neurálgico de la dinastía, colaboró estrechamente con Ibn Tumart y el consejo de notables en la tarea de propagar la reforma islámica por las regiones meridionales y montañosas del Gran Atlas. Al no tener éxito la primera tentativa propagandística, Ibn Tumart decidió reivindicar sus pretensiones de justicia de modo violento, con su desafío a los almorávides, para lo cual puso a Abd al-Mumin al frente del aparato político y militar mientras él se retiró en Tinmal consagrado al estudio y a la oración. La labor de Abd al-Mumin pronto obtuvo el éxito deseado, al atraer hacia el movimiento a un buen número de marroquíes descontentos. En el año 1127, Abd al-Mumin llevó a cabo el primer ataque frontal contra los almorávides con el asedio a la población de Agmat y la capital Marrakech, sin éxito alguno. Rechazado con violencia por los almorávides, Abd al-Mumin no tuvo más remedio que regresar a Tinmal y esperar una mejor oportunidad para proseguir su lucha contra los “infieles” almorávides, período que aprovechó para consolidar su liderazgo entre los almohades, en vista de la delicada salud de Ibn Tumart, y reorganizar sus tropas.

A la muerte de Ibn Tumart, fechada en el año 1130, Abd al-Mumin fue proclamado sucesor suyo en la soberanía, no así en la dimensión religiosa del mahdí, título reservado únicamente a Ibn Tumart, circunstancia que provocó el secreto de la confirmación del cargo hasta el año 1132, precisamente por el sentido de la infalibilidad que el propio Ibn Tumart no había dejado nunca de reivindicar para sí mismo en exclusividad. No obstante, la adecuada actuación de Abd al-Mumin al frente de un imperio naciente que él logró consolidar le valió el reconocimiento final de los dos consejos principales del movimiento (el de los diez y el de los cincuenta), y el debido juramento de fidelidad por parte de todas las tribus entre los meses de febrero y agosto del año 1132.

Una vez jurado en el cargo, Abd al-Mumin se autointituló el cargo de califa, rango superior que teóricamente sólo podía ostentar en el Islam una persona como heredero directo del Profeta, con lo que entró en franca colisión con el califa abasí de Bagdad, quien había sido reconocido siempre en su autoridad religiosa por los almorávides. A continuación, entre los años 1139 a 1145, Abd al-Mumin llevó a cabo un hostigamiento en toda regla contra el poder de los almorávides. Al darse cuenta de su inferioridad y de la poca preparación de su ejército para organizar asedios prolongados y combatir a campo abierto contra las organizadas tropas almorávides, en un primer momento Abd al-Mumin se conformó con recurrir a tácticas de guerrillas para limitar sus actividades y algaradas en la región del Sous, al mismo tiempo que reorganizaba y consolidaba sus fuerzas con la creación de una caballería perfectamente preparada para el ambicioso objetivo final: derrocar a los almorávides.

En el año 1140, Abd al-Mumin se dirigió al noroeste del país, donde tomó varias ciudades y fortalezas. Con el año 1145 dio comienzo el período decisivo de los almohades en su conquista por el poder. Muerto el emir almorávide Ali Ibn Yusuf Ibn Tashfin, en el año 1143, su hijo Tashfin Ibn Ali no pudo competir con el creciente poder de los almohades al morir cuando huía precipitadamente de Marrakech. El ejército almorávide sufrió una grave derrota cerca de Tlemecén, ciudad que cayó en manos de Abd al-Mumin, para ser pronto seguida por Fez, Agmat, Ceuta, Tánger y, finalmente, en el año 1147, la capital Marrakech. En poco más de quince años, los almohades habían logrado imponer su dominio en el Magreb.

Los dirigentes almohades, a diferencia de los almorávides, siempre tuvieron en su contra a los influyentes ulemas y alfaquíes de rito malikita. Incluso en aquellos territorios completamente dominados desde el principio del movimiento surgieron de forma periódica insurrecciones violentas. Toda la historia almohade en el Magreb y después en al-Andalus estuvo plagada de sediciones y protestas por el rigorismo religioso impuesto por sus gobernantes. No obstante, la clave del éxito almohade residió en el hecho de que aprovecharon a la perfección la pérdida del apoyo del pueblo a los almorávides, los cuales estaban profundamente divididos por disidencias, revueltas y querellas dinásticas tanto en el Magreb como en al-Andalus.

Tras la caída de Marrakech, el poderío almorávide se evaporó del todo, dando paso a la dinastía almohade representada por Abd al-Mumin, quien una vez que hubo purgado la ciudad de elementos sediciosos o perniciosos la convirtió en la capital del imperio. La caída de los almorávides permitió a muchas tribus del sur sacudirse la tutela política y organizar sus propios estados minúsculos, por lo que Abd al-Mumin consagró sus primeros esfuerzos en aplastar cualquier atisbo de separación o secesión de las tribus beréberes, para reintegrarlas al imperio, bien por la fuerza o mediante acuerdos. En esta campaña Abd al-Mumin aniquiló a tribus enteras sin consideración alguna, demostración inequívoca de sus intenciones unionistas y centralizadoras. Para evitar futuras sediciones en el sur, Abd al-Mumin mandó construir los primeros cimientos de Rabat, que convirtió en cuartel general de sus tropas en el sur del imperio. Una vez pacificada la parte meridional, Abd al-Mumin dirigió su atención a los territorios del norte, todavía sin controlar del todo y acabó de un plumazo con toda clase de oposición alimentada desde la ciudad de Ceuta. Inmediatamente después, Abd al-Mumin tuvo que sortear el peligro que representaba la instalación de los normandos de Sicilia en una amplia franja de terreno que se extendía desde Trípoli hasta Túnez. Con lo más selecto de su caballería, el emir almohade marchó hacia el este y tomó Bujía, en el año 1153, tras de lo cual regresó a Marrakech para sofocar nuevos brotes de revueltas y conspiraciones fraguadas en su ausencia. Pero en vez de reprimirlas por la fuerza de las armas, Abd al-Mumin optó por persuadir a los jefes de estas tribus rebeldes para que entraran a formar parte de su ejército y ser utilizadas en su próximo objetivo: la conquista de al-Andalus. Pero antes de dar el salto a la Península, Abd al-Mumin se preocupó por consolidar su obra política al nombrar a su hijo primogénito Muhammad heredero al trono en el año 1155. Con esta elección, aceptada por todos sin oposición, Abd al-Mumin modificó sustancialmente las estructuras originales del poder almohade, definible en sus comienzos como una oligarquía tribal teocrática, para transformarlo en una monarquía dinástica de acuerdo con el modelo abasí.

La presencia almohade en la península Ibérica se debió, principalmente, a dos factores de peso muy concretos: por una parte, el ideal expansivo propio del movimiento reformista religioso creado por Ibn Tumart, que obligaba a seguir con denuedo la tarea propagandística, por otra, la necesidad de los andalusíes de recurrir a la nueva potencia política norteafricana para contrarrestar los avances cristianos. En este sentido, la intervención de los almohades, al igual que ocurrió con los almorávides medio siglo antes, sólo sirvió para prolongar por un tiempo la precaria existencia de al-Andalus antes de caer en su mayoría en poder de los cristianos. El progresivo declinar de los almorávides y el hecho de que sus emires se viesen forzados a reducir sus efectivos militares en al-Andalus por necesitarlos en el Magreb, originaron nuevas autonomías locales conocidas por la historiografía como el “segundo período de taifas”, apelativo que designa la fragmentación política andalusí entre el final almorávide y la nueva unificación territorial impuesta por los almohades.

En definitiva, Abd al-Mumin se vio casi forzado a intervenir en la península Ibérica, ya que, además, los reinos cristianos habían declarado una cruzada santa contra el poder musulmán apoyada con fervor y determinación desde Roma. Tortosa y Lérida, dos de las principales ciudades del norte en poder de los musulmanes, cayeron en manos cristianas en el año 1148 y 1149, respectivamente, lo que puso en grave peligro la integridad de la Marca Superior. Asimismo, en el año 1147, Almería cayó ante las fuerzas conjuntas de Castilla-León, Génova, Pisa y otras potencias cristianas. La situación interna de al-Andalus no era mucho más optimista, puesto que se estaba deteriorando a pasos agigantados. Córdoba, Valencia, Murcia, Málaga y otras ciudades había adoptado, como ya hemos dicho, posturas independentistas al mando de reyezuelos locales que no estaban dispuestos a ceder su recién estrenada soberanía a un extraño procedente de las profundas regiones del Magreb.

Para arreglar la situación, Abd al-Mumin envió a la Península amplios contingentes de tropas al mando de tres de sus mejores generales, Abu Ishaq Barraz, Omar Ibn Salih y Ahmed Ibn Qasi, los cuales, entre los años 1147 y 1149, consiguieron dominar sin apenas problemas Sevilla, Córdoba y Granada, además de un buen número de poblaciones menores que enseguida no dudaron en aceptar el dominio almohade ante tamaña demostración de fuerza por parte de las tropas almohades, las cuales actuaron en sus razias y campañas sin el menor miramiento ni diplomacia alguna. Desde el año 1152 en adelante, los almohades pasaron a dominar por completo toda la parte meridional de al-Andalus con la caída de Guadix, Málaga, Almería, Baeza, Jaén y Úbeda. No obstante, el dominio almohade en al-Andalus nació en precario, sin apenas apoyo por parte de la población, sometida tan sólo por el temor a la capacidad destructiva del ejército almohade. El territorio continuó inquieto y acosado por fuerzas divisorias de importancia.

Abd al-Mumin dilató todo lo que pudo su presencia en al-Andalus; prefirió que fueran sus gobernadores y ejércitos los que mantuvieran la labor guerrera, diplomática y propagandística, mientras él se dedicaba por completo a expandir el imperio por el Magreb central, labor que no acabó hasta el año 1159, con la conquista de Trípoli. De todos sus gobernadores, destacó por su capacidad de gobierno su hijo Abu Yacub Yusuf, luego sucesor suyo, al que nombró gobernador de Sevilla.

En el año 1158, Ibn Mardanish, reyezuelo de Valencia, y su suegro Ibn Hamushk, se aliaron con el monarca castellano Alfonso VIII, con el que tomaron la ciudad de Jaén y después Carmona, posiciones con las que amenazaron seriamente a Sevilla y Córdoba. Abd al-Mumin recibió la noticia con consternación. La demanda urgente de socorro por parte de su hijo desde Sevilla convenció al emir almohade a no demorar por más tiempo su presencia en al-Andalus. El 5 de noviembre del año 1160, desembarcó en Gibraltar a la cabeza de un ejército inmenso, compuesto de beréberes y árabes. Fue recibido como un héroe salvador por sus gobernadores y por amplias delegaciones de notables andalusíes que se apresuraron a rendirle pleitesía cuando se enteraron de su llegada. Abd al-Mumin tan sólo permaneció dos meses en Gibraltar, el tiempo suficiente para poner orden en todo al-Andalus: confirmó a su hijo Abu Yacub Yusuf en el cargo de gobernador de Sevilla y a su otro hijo Abu Said en el de Granada.; también dispuso que el gran jeque Omar Inti, colaborador suyo desde los primeros tiempos de Ibn Tumart, ocupara el gobierno de Córdoba, muy castigada por los ataques de Ibn Mardanish e Ibn Hamushk. A su regreso a Marrakech, Abd al-Mumin comprobó cómo la ofensiva almohade se realizaba sin más dilación con éxito. Pero, mientras atacaban Carmona, en el año 1161, Ibn Hamushk logró apoderarse de Granada con la ayuda de la población judía. El contingente almohade, todo un cuerpo de infantería y caballería, ofreció una fuerte resistencia pero necesitaron de toda la ayuda posible para repeler los ataques de la coalición. Este tipo de amenaza confirmó la opinión de Abd al-Mumin de que era necesario introducir un ejército todavía mayor en al-Andalus, encabezado por él mismo, para acabar de una vez por todas con los reyezuelos de taifas que estaban minando poco a poco el poder almohade en la Península.

Durante todo el año 1162, Abd al-Mumin se volcó en cuerpo y alma en la preparación minuciosa de un ejército impresionante con el que tenía pensado invadir al-Andalus de sur a norte. Con semejante dispositivo militar, Abd al-Mumin pretendía no sólo acabar con los pocos reinos de taifas que todavía persistían, sino atacar directamente a los ejércitos de los tres monarcas cristianos: el primero, el de Alfonso Enríquez (Alfonso I de Portugal), acantonado en Coimbra; el segundo, el de Fernando II de León, situado en Ciudad Rodrigo; y el tercero, el de Alfonso VIII de Castilla, ubicado en su mayor parte en Toledo. Pero cuando los preparativos ya estaban prácticamente acabados, Abd al-Mumin cayó gravemente enfermo mientras visitaba la tumba de Ibn Tumart en Tinmal y falleció el 12 de mayo del año 1163, sin haber logrado su sueño de dominar todo al-Andalus y emular el antiguo esplendor conseguido por la dinastía omeya andalusí.

Abd al-Mumin fue un caudillo afortunado y un gran estadista que se ganó el respeto de sus seguidores, pero, a pesar de toda su aparente devoción e inteligencia, en el año 1155 había nombrado sucesor a su primogénito Muhammad, personaje que sin duda alguna no llegaba ni tan siquiera a ser la sombra de su padre en cuanto a talento para gobernar y mucho menos como militar o estratega, cualidades que su padre no había dejado de demostrar desde que en el año 1130 se hiciera con la dirección del movimiento almohade. Las frivolidades de este último, el cual bebía vino, algo censurable entre los rígidos almohades, provocó un primer conato de crisis sucesoria en la dinastía que enseguida fue resuelta con su fulminante destitución tras cuarenta y cinco días de mando. Por suerte para la dinastía, el consejo de los diez eligió como sucesor a Abu Yacub Yusuf, gobernador de Sevilla, quien se encargó de llevar al imperio almohade al auge de su expansión territorial.

Bibliografía

  • ARIÉ, Rachel: España musulmana: siglos VIII-XV. (Barcelona: Ed. Labor. 1984).
  • CHEJNÉ, Anwar. G: Historia de España musulmana.(Madrid: Ed. Cátedra. 1993).
  • HUICI MIRANDA, Ambrosio: Historia política del Imperio almohade. (Tetuán: Ed. Editorial Marroquí. 1959).
  • LE TOURNEAU, Roger: The Almohad movement in North Africa in the twelfth and thirteenth centuries. (Princeton: Ed. Princeton University Press. 1969).
  • VIGUERA MOLINS, María Jesús: De las taifas al reino de Granada: al-Andalus, siglos XI-XV. (Madrid: Ed. Grupo 16. 1995).

Carlos Herráiz García.

 

http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=abd-al-mumin-emir-de-marruecos

 

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