Espiritualidad islámica: la Sahada

La última de las espiritualidades de las que he venido tratando (dejo a un lado por ahora la del Tao) es la musulmana, centrada en la confesión de fe, que se condensa en Sahada.

Toda la espiritualidad, toda la oración del Islam se condensa en la Sahada, que expresa el sometimiento radical a Dios como única realidad, pero no un un Dios abstracto, sino Dios como Única Realidad, tal como se ha revelado en el Corán, a Mahoma, su profeta.

En ese sentido, la espiritualidad-credo del Islam tiene dos artículos: No hay más Dios que Allah… y Muhammad es su profeta.

1. Sahada, principio: “no hay más dios que Allah”.

Una sura famosa del Corán (2, 177) ponía la fe en la base de todos los deberes, distinguiendo en ella cinco objetos: el primero es Dios, el último los profetas; entre ellos queda el juicio (último día), vinculado al anuncio profético, la Escritura o Corán (que recoge ese anuncio), y los ángeles, que son signo de Dios y ministros de su acción profética.

En sentido estricto, esos cinco objetos de fe pueden condensarse en el primero y el último: creer en Dios (misterio en sí, realidad absoluta) y en sus Profetas (en especial en Muhammad). De esa forma, los musulmanes han universalizado y simplificado la confesión judía, condensando proféticamente aquello que los seguidores de Jesús habían expandido de manera cristológica y pneumatológica. Su credo o sahada contiene dos artículos

 La ilaha illa Allah: no hay más dios que Allah, no hay más divinidad que el Divino.

Esta frase puede entenderse también en sentido metafórico, como si dijera: “no hay más poder, agente o realidad que El Poder, Agente, Realidad”. De esta forma se establece la Unión originaria de las cosas, pues lo Divino es en el fondo Todo.

Moisés supo que hay Dios frente a los ídolos, Jesús le descubrió como principio de amor (Padre).

Muhammad le concibe como Acción Pura de todo lo que actúa: está arriba, totalmente separado; pero, al mismo tiempo, se halla dentro de cada cosa, como Realidad de toda realidad. Por eso, los humanos no pueden refugiarse en nada, ni en Ley, ni en Cristo, sino sólo en Dios.

− Wa anna Muhammad rasulullah: y Muhammad es el profeta de Allah.

Estrictamente hablando, esta palabra debería ser innecesaria, porque Dios existe y actúa inmediatamente en cada cosa. Sin embargo, los hombres han corrido el riesgo de ocultar su presencia, confundiéndole con ídolos. Por eso han sido necesarios los profetas: Moisés que ha destacado la diferencia de Dios; Jesús que ha insistido en su amor; Muhammad que ha dicho lo que era y se sabía desde siempre, que el conjunto de la realidad existe y crece (o se destruye) en lo divino.

El musulmán, sometido a Dios, no tiene que hacer ni sufrir nada especial, sino dejar que Allah fluya, fluyendo con él, permitiendo así que viva en nuestra vida. La Verdad es Allah y nosotros, como Muhammad, sus siervos o, a lo más, sus mensajeros y por ello debemos gozarnos. No somos independientes, pues no existimos por nosotros mismos, ni tampoco en virtud de las cosas del mundo, sino en Dios, cada uno a su manera. Así podemos afirmar que la sahada o confesión musulmana significa “la inmersión absoluta en el tawhid, que es en la unidad y unicidad de Allah”.

Ciertamente, los musulmanes siguen arrastrando los ‘ídolos’ del mundo, las mentiras y quimeras de la historia, pero quieren liberarse de ellas. “Ídolo dentro del Islam es todo aquello que no es Allah… Llegar a ese vacío en el cual sólo quede Allah, es decir, que no quede nada junto a Allah, este es el propósito del musulmán que quiere estar libre” .

La función de la sahada es mostrarnos que no hay más Dios ni realidad que lo Divino (Allah), de forma que sólo en él alcanzamos nuestra verdad y superamos la muerte. Muchos musulmanes han afirmado que este primer artículo podría explicarse y aceptarse por razón: la filosofía sería capaz de remontarse al ser divino. Pero, de hecho, el creyente acoge a Dios y afirma su existencia por revelación. La sahada no ofrece ni pide un pensamiento más claro sobre el fondo del ser, sino un sometimiento, no le dice al creyente que descubra a Dios por argumentos, sino que acoja de hecho su manifestación y presencia gratuita, en obediencia a su Corán, sobre todas las demostraciones. Así dice Muhammad:

− Vuestro Dios es un Dios Uno. No hay más dios que Él, el Compasivo, el Misericordioso.
− En la creación de los cielos y de la tierra, en la sucesión de la noche y el día…, en el agua que Dios hace bajar del cielo, vivificando con ella la tierra… hay ciertamente signos para gente que razona.
− Hay hombres que, fuera de Dios, toman a otros que equiparan a él y les aman como se ama a Dios. Pero los creyentes aman a Dios con un amor más fuerte… (2, 163-166).

Desaparecen las mediaciones y así conocemos de inmediato al Dios desconocido, como única Realidad que se expresa y actúa en todo lo que existe. No hace falta una cadena de causas o razones que nos lleven a encontrarle desde el mundo, pues Él está y se expresa de un modo directo en cada uno de sus seres (cielo y tierra, noche y día…), para aquellos que saben mirarlas. Este es un Dios Compasivo y Misericordioso, que suscita Amor en los creyentes, conforma a una experiencia que vincula al Corán con el centro de la historia israelita, expresada en Ex 34:

− ¡Dios! No hay más dios que Él, el Viviente, el Subsistente. Ni fatiga ni sueño le vencen. Suyo es lo que hay en cielos y tierra… Él es el Altísimo, el Grandioso.
− No cabe coacción en religión, pues ha quedado clara la buena dirección y el extravío. Quien niegue a los ídolos y crea en Allah se habrá aferrado a lo más seguro.
− Allah todo lo oye, todo lo sabe; Allah es amigo de los que creen, les saca de las tinieblas a la luz. Por el contrario, los que no creen tienen como amigos a los ídolos, que les llevan de la luz a las tinieblas. Estos morarán en el Fuego eternamente (2, 255-257).

éste es el centro de la confesión musulmana, en la que Dios emerge como Realidad total, que sostiene y alimenta todo lo que existe, llevando al límite el mensaje israelita de Ex 3, 14 (¡Soy el que Soy!: el que hago ser) y Ex 34, 4-6 (Dios es clemente y misericordioso). Por eso, sabiendo que no hay más Poder que Dios, debe añadirse que no cabe coacción en religión, pues ello implicaría ponerse en su lugar, imponer su presencia. Emerge así la paradoja del Islam: no hay coacción, pues sólo Dios actúa (cf. 27, 59-64), pero debe mantenerse la yihad, o violencia sagrada, para defender a los creyentes o ayudar a creer a los infieles. En este lugar paradójico donde se vinculan libertad suprema (Dios) y decisión por su causa, emerge el Islam, como religión pura:

Dios atestigua y con Él los ángeles y hombres dotados de ciencia que no hay más dios que Él…, el Poderoso, el Sabio. Ciertamente, la Religión pura para Dios es el Islam. Aquellos a quienes se dio la Escritura (judíos y cristianos) se opusieron… Si disputan contigo di ‘yo me someto a Dios y lo mismo hacen quienes me siguen’. Y a quienes recibieron o no recibieron la Escritura diles: ‘¿os convertiréis al Islam?’ Si se convierten están bien dirigidos. Si vuelven la espalda… a ti sólo te incumbe la transmisión (3, 18-20).

La confesión de la unidad de Dios vincula a los musulmanes con aquellos que han recibido la Escritura (judíos y cristianos). Pero ellos piensan que sólo el Islam es religión perfecta, revelación de Dios sin idolatría para todos los humanos. Por eso, Muhammad y sus discípulos se sienten llamados a proclamar su verdad, para convertir a paganos o incrédulos, pero no son responsables ante aquellos que ‘vuelven la espalda’, es decir, que no aceptan su doctrina.

2. Sahada, expansión: “y Muhammad es profeta de Allah”

En sentido literal, este segundo articulo es muy sobrio y puede compararse con su equivalente judío (Moisés profeta-legislador) o cristiano (Jesús-profeta-Hijo). Pero el judaísmo acentúa el valor del pueblo (más que Moisés, importa Israel y su pacto con Dios) y los cristianos el de Jesús divino. Los musulmanes, en cambio, destacan a Muhammad como profeta. Esta sobria afirmación incluye todo el mensaje y práctica de vida musulmana: confesar a Muhammad profeta de Dios supone aceptar lo que él ha revelado: el Corán, con la sharía (o ley social), la experiencial de Dios y el compromiso social de la comunidad sagrada (‘Umma). De Muhammad profeta trató el capítulo anterior. Aquí añadimos sólo algunos textos que nos ayudan a entender su figura.

En principio, Muhammad había sido enviado a la Meca, como profeta de su gente. “Así es como te revelamos un Corán árabe, para que adviertas a la Ciudad y a los que viven en sus alrededores y para que les prevengas contra el Día indubitable de la Reunión o Juicio” (42, 7). Esa referencia sigue siendo básica, pero Muhammad descubre pronto su misión universal: “Te hemos enviado como nuncio de buenas noticias y como anunciador para todo el género humano, aunque la mayoría de los hombres no saben” (34, 28). Por eso ha tenido que abrirse de la Meca al mundo y su mensaje de juicio se ha vuelto de algún modo ‘evangelio’: “Te hemos enviado como misericordia expresión de la bondad de Dios para todo el mundo” (21, 107). Es ‘señal’ definitiva: “Quien obedece al Enviado obedece a Dios” (4, 80). Muchos le llaman poseso, mentiroso, hechizador (68, 51; 35, 25;17, 4); dicen que inventa los textos del Corán, los manipula a su servicio como un falso vidente (cf. 16, 101-103; 21, 5-9; 25,4-10). Pero él se defiende, defendiendo su mensaje:

Juro por lo que veis y por lo que no veis, que ciertamente (el Corán) es la palabra de un noble Enviado y no la palabra de un poeta o adivino… Es una revelación que procede del Señor del universo (69, 38-43).

Cuando más desaparece la acción personal de Muhammad más emerge y destaca Dios en su vida, de forma que ambos realizan una misma acción sagrada “Cuando Dios y su Enviado han decidido un asunto, ni el creyente ni la creyente tienen ya opción en ese asunto. Quien desobedece a Dios y a su Enviado está evidentemente extraviado” (33, 36). Por eso, Muhammad ‘es sello de los profetas’ (33, 40), que en él culminan: “Dios y sus ángeles bendicen al Profeta. ¡Creyentes! Bendecidle vosotros también y saludadle como se debe. A quienes molestan a Dios y a su Enviado, Dios les ha maldecido en esta vida y en la otra les ha preparado un castigo humillante” (33, 36-37).

Muhammad queda por tanto unido a Dios por ser profeta y sobre todo porque ha visto y revelado su Escritura, haciendo de ella un Corán árabe, que expresa el saber de Dios, contenido en la Madre del Libro (= Libro Matriz, Libro eterno, voluntad de Dios), que revela el principio y Verdad de todo lo que existe (cf. 43, 2-4):

Por la Escritura clara. La hemos revelado en una Noche bendita (cf. 2, 183; 97, 1). Hemos advertido: en ella se decide todo asunto sabiamente, como cosa que viene de Nosotros (de Dios y Muhammad). Él (Dios) es quien todo lo oye, quien todo lo sabe (44, 2-4).

Muhammad es según eso el Hombre del Corán, profeta definitivo, mediador no sólo de un conocimiento genérico de Dios, sino de su acción concreta. En sí, no es más que un hombre: no nace de Dios como Jesús, ni puede elevarse por su sabiduría personal, como los antiguos sabios. Y, sin embargo, se incluye en el plural de Dios diciendo ‘Nosotros’, como transmisor de su revelación, de manera que su yo es ‘Yo’ de Dios. Desde ese fondo se entiende la misión que le confía Dios:

Te hemos concedido un éxito claro, para que Dios te perdone tus primeros y últimos pecados, para perfeccionar su gracia en ti y dirigirte por una vía recta… Para introducir a los creyentes y las creyentes en jardines celestes…Para castigar a los hipócritas y las hipócritas, a los asociadores… que piensan mal de Dios…Te hemos enviado como testigo, como nuncio de buenas obras y como monitor, para que los hombres crean en Dios y en su Enviado, para que le ayuden y honren…(48, 1-9)

 

https://www.webislam.com/articulos/91654-espiritualidad_islamica_la_sahada.html

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